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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 277

Inmediatamente, la voz chillona y empalagosa de la mujer inundó el aire:

—Ay, querido, ¡esta está hermosísima! ¡Quiero esta!

El hombre chasqueó la lengua y respondió:

—Pero si tú eres joven y bonita, ¿para qué te pones piedras de estas? Eso es para señoras ya grandes.

—¿Y quién dijo? —empezó a hacer su berrinche ella—. Hoy en día los diseños con este tipo de piedras se ven súper modernos. Ándale, no seas malo. A mí ya se me antojó esta. Además, tu... tu esposa en tu casa tiene de todo, ¿por qué yo no me puedo dar un gustito?

—Bueno, es que una bruja amargada como esa no te llega ni a los talones... —contestó el hombre soltando una risita asquerosa.

Mientras decía aquello, pasaba su mano regordeta por la cintura de la mujer, sobándola sin vergüenza.

Erika ya no soportó seguir escuchando ni presenciando esa escena.

Estiró el brazo y, sin miramientos, le arrebató la pulsera de la mano.

—El que llega primero se lo queda. Esta la pedí yo —sentenció con voz fría.

La mujer, que seguía en pleno coqueteo recargada en el tipo, pegó un respingo por la acción de Erika.

¡Con tanta gente pasando por la plaza, sintió que le tiraban el orgullo por el suelo!

Al instante, se plantó con las manos en la cintura y se le fue a los gritos:

—¡¿Que tú la pediste?! ¡¿Y a poco ya la pagaste?! ¡¿Cómo va a ser tuya entonces?! ¡¿Tú quién te crees para andarme arrebatando las cosas?!

Tan pronto la mujer cerró la boca, el hombre barrigón se unió al reclamo:

—Sí, señorita. Andarle quitando las cosas de la mano a los demás habla muy mal de su educación.

Erika, sosteniendo firmemente la pulsera, los barrió a ambos con la mirada por un momento.

Desde el primer segundo ese sujeto se le había hecho conocido...

Y ahora, fijándose bien, le parecía idéntico al dueño de Grupo Horizonte.

Erika sacó su celular disimuladamente, haciendo como que mandaba un mensaje, pero se puso a buscar información sobre este sujeto.

Segundos después, les contestó de manera helada:

Y, por si fuera poco, los trozos de piel que se le alcanzaban a ver lucían de un blanco impecable.

Esa mirada cargada de lujuria no pasó desapercibida para su amante.

Se mordió el labio llena de impotencia, pero no se animó a armarle un escándalo al hombre ahí mismo.

Con los tipos así de forrados, más valía darles por su lado para poder sacarles provecho.

—Bueno, está bien, si tú me lo dices se la dejo —volvió a adoptar su tonito chillón—. Entonces quiero ver esa de ahí, la que está en medio de aquella vitrina.

Erika seguía sentada frente al aparador, tecleando en el celular como si se la pasara chateando mientras esperaba su recibo, pero la realidad era que había empezado a grabar un video.

Le apuntó con disimulo al dúo de espaldas, arreglándose el cabello de paso para despistar.

Para cualquiera, simplemente se estaba viendo en la cámara frontal a modo de espejo.

A través de la pantalla, Erika captó cómo el sujeto no dejaba de lanzarle miradas asquerosas. Le revolvió el estómago.

Había muchos hombres infieles, pero este sobrepasaba el cinismo: tenía a la esposa en la casa, andaba de paseo presumiendo a la amante y, para colmo, ni así se le quitaba lo rabo verde. Era una porquería de persona.

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