Inmediatamente, la voz chillona y empalagosa de la mujer inundó el aire:
—Ay, querido, ¡esta está hermosísima! ¡Quiero esta!
El hombre chasqueó la lengua y respondió:
—Pero si tú eres joven y bonita, ¿para qué te pones piedras de estas? Eso es para señoras ya grandes.
—¿Y quién dijo? —empezó a hacer su berrinche ella—. Hoy en día los diseños con este tipo de piedras se ven súper modernos. Ándale, no seas malo. A mí ya se me antojó esta. Además, tu... tu esposa en tu casa tiene de todo, ¿por qué yo no me puedo dar un gustito?
—Bueno, es que una bruja amargada como esa no te llega ni a los talones... —contestó el hombre soltando una risita asquerosa.
Mientras decía aquello, pasaba su mano regordeta por la cintura de la mujer, sobándola sin vergüenza.
Erika ya no soportó seguir escuchando ni presenciando esa escena.
Estiró el brazo y, sin miramientos, le arrebató la pulsera de la mano.
—El que llega primero se lo queda. Esta la pedí yo —sentenció con voz fría.
La mujer, que seguía en pleno coqueteo recargada en el tipo, pegó un respingo por la acción de Erika.
¡Con tanta gente pasando por la plaza, sintió que le tiraban el orgullo por el suelo!
Al instante, se plantó con las manos en la cintura y se le fue a los gritos:
—¡¿Que tú la pediste?! ¡¿Y a poco ya la pagaste?! ¡¿Cómo va a ser tuya entonces?! ¡¿Tú quién te crees para andarme arrebatando las cosas?!
Tan pronto la mujer cerró la boca, el hombre barrigón se unió al reclamo:
—Sí, señorita. Andarle quitando las cosas de la mano a los demás habla muy mal de su educación.
Erika, sosteniendo firmemente la pulsera, los barrió a ambos con la mirada por un momento.
Desde el primer segundo ese sujeto se le había hecho conocido...
Y ahora, fijándose bien, le parecía idéntico al dueño de Grupo Horizonte.
Erika sacó su celular disimuladamente, haciendo como que mandaba un mensaje, pero se puso a buscar información sobre este sujeto.
Segundos después, les contestó de manera helada:

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