—Señorita, aquí tiene su recibo. Si gusta pasar a caja, es todo derecho y dando vuelta a la mano derecha —la voz de la empleada sacó a Erika de su trance.
Erika detuvo la grabación en su celular y agarró el papel.
Justo cuando iba a pararse para alejarse de allí, el hombre intervino:
—Señorita, resulta que aquí soy cliente distinguido y traigo mi tarjeta de descuentos, si le interesa, se la puedo prestar.
Erika le clavó una mirada glacial y le dijo sin un gramo de interés:
—Mejor guárdesela para su querida. Por lo que vi, agarró una de las más caras, así que necesitará bastante descuento para que no le duela el codo.
La mujer, en cuanto escuchó la pedrada, volvió a enfurecerse.
—¡Pero mira qué tipa tan alzada! Te estoy regalando la que tú querías y encima te atreves a estarme restregando que soy la "querida". ¿A poco no le tienes miedo a que te desfigure la cara de un arañazo?
—Para nada.
Erika se paró muy firme, se acomodó con elegancia un mechón suelto detrás de la oreja y contestó como quien oye llover.
Aquello terminó por sacar de quicio a la mujer, al punto de que literalmente intentó soltarle un golpe.
Pero antes de poder alcanzar a Erika, el hombre le agarró el brazo en el aire y la regañó por lo bajo:
—¿Ya estuvo suave con tu escandalito, o no? Estamos rodeados de gente. Si nos llegan a grabar otros, ¿buscas acabarte mi reputación o qué?
Al oír semejante reproche, a la tipa no le quedó de otra más que bajar la mano muy a su pesar, murmurando entre dientes:
—Una viene a comprar de buen humor y resulta que tengo que aguantar malos tratos gratis.
—A ver, la señorita ya andaba viendo su pulsera desde antes de que llegáramos —la atajó el hombre—. Fuiste tú la que nada más porque sí quiso arrebatársela. Era obvio que la ibas a hacer enojar, ¿no?
—Tú... ¡No manches, Martín! ¿Por qué te pones a defender a los demás de buenas a primeras? ¡Si yo ni le hice nada!
Erika les echó un último vistazo de reojo a ese par que seguía en su pleito, y se retiró del local sin darles la cara.
Al rato, cuando por fin arribó al domicilio de Adrián y cruzó la puerta de entrada de la casa, exclamó:
—Adrián, ¿cómo siguió tu mamá?


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