Esas palabras dejaron a Erika desconcertada, y por un momento se quedó con la mente en blanco...
—¿Eri?
—¿Mande? Sí, señora, la sigo escuchando —respondió Erika con voz suave mientras se limpiaba las lágrimas.
La mamá de Adrián levantó la mano con lentitud, le acarició la cabeza y continuó:
—Por la cara que acabas de poner, creo que ya me doy una idea. Sé que no ves a Adrián con esos ojos, y de verdad no quiero usar mi enfermedad para presionarte. Pero si no me desahogo y te digo todo esto, me voy a quedar con una angustia muy fea.
»Dejando de lado a Adrián por un momento, la verdad es que también me preocupas mucho tú. Estás sacando a tres niños tú sola y sé que no es nada fácil. Yo pensaba que si mi muchacho pudiera cuidar de ti, la vida sería un poquito más ligera para ti. Tampoco es que yo sea la mujer más bondadosa del mundo, lo digo porque sé que Adrián solo tiene cabeza para ti. Si ustedes pudieran apoyarse mutuamente, yo me iría con el corazón en paz.
La señora hablaba con tanta sinceridad que Erika no dejaba de asombrarse.
Aunque Adrián no quisiera buscar novia por el momento, resultaba increíble que, como madre, estuviera dispuesta a aceptar que su hijo se casara con una mujer divorciada y con tres hijos.
Además, ella ya casi pegaba a los treinta años. Dejando a un lado si le gustaba o no, en cuestiones prácticas, ella no sentía que estuviera a la altura de un hombre como Adrián, que venía de una familia adinerada y era excelente en todo.
Erika dudó un momento antes de responder con delicadeza:
—Señora, de verdad me conmueve muchísimo todo lo que me dice, es solo que...
—Eri... —La interrumpió la madre de Adrián—. Eri, yo te vi crecer. Ya sé que tu madre es un verdadero desastre, pero tú naciste con un corazón noble y bueno. Todo eso de tu estado civil y los niños no me importa en lo absoluto. En la familia Lozano valoramos mucho más los principios de una mujer. Si terminaras con Adrián, la verdad es que sería él quien saldría ganando...
La señora parecía aterrada de escuchar una respuesta negativa por parte de Erika. En cuanto terminó de decir eso, empezó a toser de nuevo con mucha fuerza y luego murmuró que necesitaba descansar.
Al ver cómo se recostaba agotada, Erika aprovechó para dejar la pulsera de pedrería que le había llevado como regalo escondida en el buró.
Le acomodó bien la cobija y salió de la habitación sin hacer ruido.
Cuando bajó al primer piso, solo vio a Adrián.

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