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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 518

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Antes de que Erika pudiera soltar el siguiente reclamo, Valerio extendió los brazos y la jaló hacia su pecho con una fuerza desesperada. La envolvió en un abrazo apretado, hundió el rostro en su cuello y, con la voz ahogada en llanto, le suplicó:

—Erika... perdóname. Desde el maldito día que nos casamos, todo lo que hice fue fallarte...

—¡Suéltame! —estalló ella, empujándolo con fuerza y dándole puñetazos en el pecho—. Te estoy haciendo una pregunta, ¡¿dónde está Adrián?!

Valerio no se movió un milímetro. Dejó que ella lo golpeara, que lo arañara y hasta que le clavara los dientes. Lejos de soltarla, la abrazó con más fuerza, como si ella fuera su único salvavidas.

Entre los forcejeos de Erika, Valerio perdió por completo el control y habló desde la más pura desesperación:

—Erika, sé que me odias. Golpéame, destrózame, hazme lo que quieras. Lo que sea... solo perdóname. Dime qué tengo que hacer y lo haré.

Erika sentía que se iba a volver loca. Hace un momento este hombre actuaba con cinismo y tranquilidad, y ahora parecía un demente.

Cuando regresó al salón privado hace un rato, solo se tomó el tiempo para calmar a Martina antes de volver corriendo a buscarlos. En esos escasos minutos, ¿qué demonios había pasado aquí?

Incluso tratándose de una pelea de hombres, Valerio no tenía por qué terminar en este estado de histeria...

Erika dejó de luchar. Esperó en silencio hasta que los temblores del cuerpo de Valerio disminuyeron un poco, y entonces, con una frialdad cortante, le ordenó:

—Suéltame.

Valerio se quedó rígido por un par de segundos y finalmente aflojó los brazos.

Pero apenas él la soltó, la mano de Erika voló por el aire y le cruzó la cara con una cachetada brutal que resonó en todo el cubo de las escaleras.

Valerio ni siquiera se inmutó. No había el más mínimo rastro de enojo en sus ojos.

El cuerpo de Erika empezó a temblar. Sus manos revoloteaban a ciegas, intentando agarrarse de algo, y luego empujaban con debilidad su pecho endurecido, luciendo como una presa aterrorizada frente a un depredador.

Valerio parecía saber que, en cualquier momento, ella le clavaría los dientes para arruinar ese beso que él llevaba soñando por años. Por eso, su otra mano la mantuvo sujeta con firmeza por la mandíbula.

El beso era una montaña rusa: por momentos era violento y castigador; al segundo siguiente, cambiaba a una ternura tan profunda que paralizaba los sentidos de Erika...

No era como aquel beso agresivo en el estacionamiento. Esta vez no había castigo. Había devoción, el hambre de alguien que recupera lo más sagrado que creía haber perdido.

Valerio no se detuvo hasta que sintió que a Erika le faltaba el oxígeno. Al apartarse de sus labios, se inclinó de inmediato para depositar un beso delicado sobre su frente.

Luego, acunó el rostro rojo y jadeante de Erika entre sus palmas. Su voz profunda, rota y embriagante, le susurró directo al alma:

—Erika... te amo. Nunca te lo dije, pero siempre ha sido verdad. Desde que te fuiste, no ha habido una sola noche en la que pueda dormir en paz. Me hundí en el trabajo hasta volverme loco, pero fue inútil, no puedo borrarte de mi cabeza. Por favor, cálmate un momento. Solo escúchame, déjame explicarte. Sé que fui un maldito, fue culpa mía no hablarte de frente en su momento, fue mi paranoia y mi desconfianza...

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