Su mirada se quedó clavada en aquellas dos últimas palabras: *amor correspondido*. Poco a poco, el brillo en sus ojos se fue desvaneciendo.
Recordaba cuando estuvo en el hospital días atrás; Valerio le había dicho que quería hablar las cosas con ella.
Le confesó que justo después de casarse, la escuchó hablar en sueños, suplicando a alguien que no la abandonara. Fue a partir de ese momento que él comenzó a dudar de ella, a resentirla y a ignorarla.
La naturaleza humana era así. Una vez que la semilla de la desconfianza germinaba en el corazón, cualquier detalle por mínimo que fuera hacía crecer ese resentimiento como mala hierba, hasta que todo explotó con la serie de eventos posteriores.
¿Así que, en un principio, él también sentía algo por ella?
¿Y qué era eso de la descripción que le había dado a su abuelo? Sonaba como si hablaran de la chica de sus sueños.
¿Realmente ella era la representación física de la esposa que él siempre había anhelado?
¿Y él también había soñado con un amor mutuo, un *amor correspondido*, al igual que ella?
Aun así, Erika apartó lentamente la mano de Valerio. Tras un largo silencio, habló con voz calmada:
—Es cierto, tu abuelo me lo propuso. Pero mi respuesta para él fue que no aceptaba. Te acabas de golpear muy fuerte, tal vez tu abuelo no tuvo tiempo de avisarte.
Las palabras de Erika salieron suaves, sin un atisbo de alteración.
Inicialmente, él también quería tener una vida feliz junto a ella. Pero los malentendidos echaron raíces profundas en su interior. Conociendo su personalidad dominante e implacable, y bajo las extrañas circunstancias que la rodeaban en ese entonces, no era de sorprender que hubiera actuado como un lunático intentando deshacerse de los bebés.
Quizás cualquier otro hombre se habría vuelto loco de celos también.
Pero, por otro lado, Erika tampoco podía soportarlo más. Ella era la que había sido acusada injustamente, la que había sido humillada y la que había sido arrastrada a un hospital contra su voluntad.
Incluso si ahora comprendía los motivos detrás del rechazo de Valerio, y aunque supiera que todo había sido un gran malentendido...
Ya no sentía que hubiera marcha atrás. Las heridas y humillaciones que sufrió estaban grabadas a fuego en su carne y en su sangre. Era incapaz de perdonarlo.
¿A quién debía culpar? ¿A la vida por jugarle una broma tan cruel? ¿A Valerio por no haber sido claro desde el principio? ¿O a su propia terquedad, que desencadenó toda la tragedia?


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón