Héctor, sentado en la parte trasera del auto, ya había visto a Miranda. Al escuchar a Emiliano, cruzó miradas con él por el retrovisor con una frialdad sepulcral.
—¿Y a ti por qué te emociona tanto?
Emiliano tosió, intentando disimular su vergüenza.
—Por nada...
«Me emociono por usted, ¿no es obvio?», pensó.
Con una habilidad impecable, Emiliano aceleró y emparejó el auto con el paso de Miranda.
—¡Señorita Seijo! ¿Hacia dónde se dirige?
Miranda giró la cabeza al escuchar su voz.
—¿Qué hacen ustedes por aquí?
Mientras lo decía, su mirada se desvió por inercia hacia la ventana trasera. Seguramente Héctor estaba adentro.
Emiliano detuvo el coche, bajó y le abrió la puerta, ignorando su pregunta con toda la naturalidad del mundo.
Al subir, Miranda percibió de inmediato esa fragancia fría y elegante que envolvía el ambiente. Tal como sospechaba, Héctor estaba sentado atrás.
Con sus manos cálidas, él la jaló suavemente hacia su lado. Sacó un pañuelo de su bolsillo y comenzó a envolverle la mano herida, con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Cómo te hiciste esto?
—No me di cuenta.
Héctor no respondió, pero la temperatura dentro del auto pareció caer un par de grados.
Miranda, intentando ignorar el calor que emanaba de la mano de él, se dirigió a Emiliano.
—¿A dónde van?
Emiliano no supo qué responder.
¿Cómo iba a saber a dónde iban? Ese día no tenían nada en la agenda; su jefe simplemente le había ordenado conducir en círculos alrededor de la mansión de la Familia Valdivia. De hecho, antes de que Miranda saliera, ya habían dado más de diez vueltas.
Hasta sentía que los vecinos lo miraban como si estuviera loco...
«Si quería verla, bastaba con llamarla. Pero no, tenía que hacerse el distante y fingir un encuentro casual. Y el que sufre es el pobre asistente», se lamentó Emiliano en silencio.
—Vamos a comer —declaró Héctor con voz imponente.
Finalmente, el coche se detuvo frente a un restaurante elegante.
Mientras Miranda y Héctor caminaban juntos hacia la entrada, alguien les tomó una foto desde un rincón oculto.
Ambos caminaban en silencio cuando, de repente, un hombre vestido de forma humilde se acercó directamente hacia Héctor, extendiendo la mano con un objeto extraño.
Antes de que Héctor pudiera reaccionar, Miranda ya había inmovilizado la muñeca del hombre. Su mirada desprendía un frío tan aterrador que el sujeto se quedó paralizado del susto.
Sin darse cuenta, proteger a Héctor se había convertido en un instinto para ella.
Un mesero llegó corriendo y, junto con otro empleado, se llevaron al hombre.
—Mil disculpas si los asustó. Viene seguido a repartir volantes de publicidad. Nos encargaremos de inmediato.
Miranda asintió con ligereza.
El restaurante tenía una atmósfera cálida e iluminada. Mientras se dirigían a su mesa, Héctor inició la conversación en tono casual.
—Escuché que te hiciste cargo de la campaña de joyería de la Familia Valdivia.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La que llamaban basura es la jefa