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La que llamaban basura es la jefa romance Capítulo 13

El alarido del hombre, similar al de un cerdo en el matadero, hizo que los demás dudaran por un instante.

Uno de ellos aún tenía agarrado a Ovidio por el cuello de la camisa.

—Suéltalo —ordenó Miranda, clavando su mirada de hielo en él.

El tipo soltó una carcajada llena de desdén.

—¡Jajajaja! ¡¿Me dices que lo suelte y yo te hago caso?! ¡¿Quién te crees que eres, estúpida?!

Mientras daba un paso hacia él, Miranda apretó el agarre de la botella rota que le quedaba en la mano y la lanzó con una fuerza brutal.

Todo sucedió en un parpadeo.

Los bordes afilados del cristal impactaron directamente en el ojo del hombre.

—¡Aaaaaaah!

El sujeto chilló histérico, llevándose las manos al rostro en un intento inútil por frenar el dolor.

—¡Atrápenla! —gritó desesperado, soltando a Ovidio.

Los demás matones se lanzaron sobre ella, pero en ese mismo segundo, los guardaespaldas que Doña Liduvina le había asignado a Miranda surgieron de las sombras.

Fueron precisos y letales. Era evidente que estaban altamente entrenados.

En cuestión de segundos, todos los agresores estaban inmovilizados en el suelo.

Ovidio apenas iba a gritarle que huyera cuando se dio cuenta de que todo había terminado. Se frotó la nariz, sintiéndose un poco inútil.

—Llévenselos —ordenó Miranda.

Los guardaespaldas arrastraron a los quejumbrosos hombres fuera del callejón.

El lugar recuperó su tranquilidad, como si nada hubiera pasado, excepto por la sangre que aún manchaba el suelo.

Miranda se acercó al rincón oscuro y ayudó a salir a la mujer.

La mujer estaba temblando, visiblemente aterrada.

Aun así, logró murmurar con voz quebrada:

—Miri... no quería molestarte, pero fue todo tan rápido. Y ahora...

—Ya sé lo que pasó. ¿Qué están haciendo en la capital? —la interrumpió Miranda.

—Tu padre pidió un préstamo a unos usureros y se lo llevaron. Apenas llegamos y ya nos tenían en la mira. Dijeron que si no pagábamos, me matarían... por eso tu hermano perdió los nervios y se les fue a los golpes.

Miranda volteó a ver a Ovidio, cuyo rostro estaba tan hinchado que apenas se le reconocía.

Suspiró en silencio.

—Vayan a descansar a un hotel primero.

A su orden, dos guardaespaldas se adelantaron.

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