Todo el actuar de Miranda había sido fluido y sin titubeos. Violencia contra violencia. En media hora había resuelto el problema con una pulcritud asombrosa.
Mientras sus guardaespaldas se encargaban de los detalles finales, Miranda le preguntó a Ovidio con la mayor tranquilidad:
—¿Tienes hambre?
—¿Eh? —Ovidio la miró sin entender cómo podía pensar en comida después de eso.
Poco después, estaban sentados en un modesto puesto de comida callejera.
El mercado nocturno estaba lleno de vida y de gente. Sin embargo, el rostro severamente golpeado de Ovidio llamaba la atención de más de uno.
Miranda estaba sentada con un pie apoyado en el taburete de al lado, una postura relajada y desafiante, sin una sola gota de la delicadeza que se esperaba de una dama de la alta sociedad.
Comía sus brochetas sin importarle nada. Y así, en esa actitud, alguien le tomó una foto desde la distancia.
Ovidio se sentía extraño, como si él hubiera hecho algo mal. Como ella no decía nada, él sentía la necesidad de justificarse, pero las palabras no le salían.
Lo intentó varias veces, pero no supo qué decir.
Era una sensación de frustración profunda.
De pronto, Miranda dejó los palitos de las brochetas sobre la mesa.
—¿Ya lo pensaste bien?
Él sabía a qué se refería y asintió con seriedad.
—Sí, ya lo entendí. No volveré a ser tan impulsivo.
Sabía que no tenía oportunidad contra ellos, pero no pudo controlarse. Si Miranda no hubiera aparecido, lo habrían matado a golpes.
Ella lo miró fijamente y, con un tono profundo, le preguntó:
—Quiero saber qué te importa más... ¿tu vida o tu orgullo?
—Mi vida.
—¿Y por qué no huiste en lugar de agarrarte a golpes?
Miranda lo miró como si estuviera viendo a un niño berrinchudo e inmaduro.
Ovidio estaba confundido. Quien estaba sentada frente a él era su hermana adoptiva, pero sentía que le habían cambiado el alma.
Solo habían pasado unos días y su transformación era radical.
El ambiente se puso tenso y él instintivamente sacó un cigarrillo, pero antes de poder encenderlo, Miranda se lo arrebató de las manos.
Lo sostuvo entre sus finos dedos.
—Deja ese hábito.
Lo tiró a la basura y continuó hablando.
—Escuché que te interesa la gestión de empresas. ¿Sabes algo sobre la industria joyera?
Los ojos de Ovidio brillaron.
—¡Sí, bastante!
—Te voy a presentar a un maestro. Estudia con él un par de días, y más adelante te daré algo para que lo pongas en práctica.
Ovidio intentó ocultar su emoción y preguntó tratando de sonar casual:
—¿Qué quieres decir?
—Justo lo que escuchaste. Ahora vete al hospital a que te revisen esos golpes, y luego alguien te llevará al hotel.
Miranda había salido al mediodía y no volvió a casa en toda la tarde.
En la mansión, Gloria llevaba horas sentada en la sala, mirando hacia la entrada de vez en cuando.
Pero Miranda no aparecía.
Gloria suspiró, sintiéndose culpable. Se arrepentía de haber sido tan impulsiva al juzgar a su hija sin saber cómo pasaron las cosas en realidad.
Cada vez que lo pensaba, más se arrepentía.
Renata salió de su habitación. Tenía la voz algo áspera por las marcas en su cuello.
—Mamá... una amiga le tomó una foto a Miri en la calle.
Gloria levantó la vista, confundida.
—¿Y cómo es que una amiga tuya la conoce?
—Como te vi tan preocupada porque no volvió en todo el día, le mandé una foto a mis amigas por si la veían de casualidad.
—Eres un ángel, Renata.

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