Toda su apariencia dejaba en claro que ella no pertenecía a un lugar tan miserable.
Con sus largas y estilizadas piernas, caminó pasando literalmente por encima de algunos de los hombres tirados en el suelo.
El supuesto jefe estaba inmovilizado boca abajo por uno de los escoltas. Miraba a Miranda con los ojos inyectados en sangre.
Con una ligera seña, el guardaespaldas levantó al sujeto, obligándolo a arrodillarse frente a Miranda en una postura completamente humillante.
—¿Así que tú eres el prestamista?
La voz de Miranda era suave y etérea, pero su actitud desdeñosa lo aplastaba por completo.
Al instante, uno de sus hombres le entregó una carpeta con información detallada.
Miranda ojeaba las hojas y las tiraba una por una. En cuestión de segundos, alrededor de Andrés quedaron esparcidos los papeles que detallaban todas sus gloriosas hazañas criminales.
Se inclinó hacia él, ladeó un poco la cabeza y señaló con un dedo a Ovidio, que estaba de pie a lo lejos.
—Dejaste a mi hermano hecho un desastre. ¿Cómo crees que deberíamos arreglar esto?
—¡Ese infeliz me debía muchísimo dinero! ¡Las deudas se pagan, es la ley de la vida!
Miranda se frotó la sien, harta de escuchar el mismo discurso de siempre.
Le soltó una bofetada tan fuerte que el eco resonó en el almacén. Su mirada se volvió oscura y letal.
—Te pregunté cómo vamos a arreglar lo que le hiciste, no te pregunté por qué lo hiciste.
Ovidio abrió los ojos de par en par, impresionado.
¡¿Cuándo había sido humillado Andrés de esa manera?!
—¡Ah! ¡Maldita perra! —rugió enfurecido, con las venas de su cuello a punto de estallar.
¡Plaf!
Miranda le cruzó el rostro de nuevo. Luego apoyó las manos en sus rodillas, observándolo con frialdad.
—Ubícate. Estás a merced de mis hombres.
Andrés quería destrozarla viva; sus ojos estaban tan abiertos que parecían salirse de sus órbitas.
—No me mires así, o no me haré responsable si decido sacarte los ojos aquí mismo.
Lo dijo con tanta calma y luego le palmeó la mejilla con desprecio, una humillación total.

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