La familia Valdivia tenía un excelente estilo de vida, y en todos estos años Renata había crecido muy bien. Era alta, de mirada clara, y a simple vista cualquiera pensaría que era una chica refinada y de buen corazón.
La ropa que llevaba puesta costaba, por lo menos, un dineral.
Su vida había sido sumamente cómoda.
—¿Miranda? ¿Qué te pasa? ¿Acaso porque regresó Doña Liduvina crees que puedes venir a darnos órdenes?
Renata atacó primero, con tono agresivo.
Sin embargo, Miranda la ignoró. Golpeteaba el sofá con los dedos, esperando algo.
Al ver su actitud arrogante, Renata se desconcertó un poco. ¿Por qué sentía que Miranda era otra persona desde que despertó?
Pero pronto soltó una risita de desdén. La basura siempre sería basura, ¿qué tanto podía cambiar?
Si pudo matarla una vez, podría hacerlo de nuevo.
Miranda dejó de golpetear el sofá y se puso de pie.
La holgada bata de hospital le colgaba, con las mangas que le sobraban por todos lados.
Con elegancia y calma, se arremangó. Nadie entendía qué pretendía hacer.
Renata la miró con confusión.
Al segundo siguiente, un guardaespaldas se acercó sosteniendo una bandeja. En ella descansaba la misma jeringa que la enfermera no había alcanzado a inyectarle a Miranda.
La expresión de Renata cambió levemente.
Miranda se acercó a Renata, clavando en ella sus ojos afilados.
—¿Te resulta familiar?
Renata evadió la pregunta, luciendo molesta:
—¿Qué mosca te picó?
Miranda soltó una carcajada seca, un destello de crueldad cruzó su rostro y, de una patada, tiró a Renata al suelo.
—A estas alturas, ¿vas a seguir haciéndote la inocente conmigo?
Renata la miró atónita. Al reaccionar, intentó levantarse para devolverle el golpe, pero no esperaba que Miranda le cruzara la cara de una bofetada.
¡Plaf!
La fuerza del impacto le giró el rostro.
—Me voy. Regresamos a la casa de la familia Valdivia.
Los guardaespaldas que Doña Liduvina había dejado eran extremadamente eficientes. En solo veinte minutos, el auto se detuvo frente a la mansión de la familia Valdivia.
El clima de marzo aún era un poco frío, así que uno de los hombres le colocó un abrigo a Miranda sobre los hombros.
Miranda comenzó a caminar hacia el interior. Cuando el guardia de la puerta intentó levantar el brazo para detenerla, uno de los guardaespaldas de Miranda le dislocó el brazo en un abrir y cerrar de ojos.
Su entrada al edificio principal fue impecable, caminando con la autoridad de una verdadera jefa criminal tomando su territorio.
Varias empleadas se hicieron a un lado al verla. ¿Acaso no decían que Miranda estaba muerta?
¿Qué estaba pasando?
Uno de los guardaespaldas abrió las puertas principales. Una empleada mayor salió a recibirla con un par de pantuflas en las manos y le dijo en voz baja:
—La señorita Renata nos avisó que la señorita Miranda regresaría. Cámbiate los zapatos primero. Después de todo, esto es muy distinto al campo, aunque a ti siempre se te olvida la costumbre de descalzarte al entrar.
La mujer esperaba que Miranda sonriera avergonzada y se cambiara los zapatos como solía hacer, pero lo que ocurrió a continuación la dejó con la boca abierta.
Las pantuflas se quedaron en el suelo. Miranda ni siquiera las miró y pasó caminando con los zapatos puestos por toda la sala.

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