Entrar Via

La que llamaban basura es la jefa romance Capítulo 3

Al ver que no se detenía, la empleada corrió tras ella:

—¡Señorita Miranda! ¡Su habitación está en el primer piso!-

Se interpuso en su camino para impedirle subir las escaleras.

Miranda la miró con indiferencia. Por lo general, en la planta baja solo estaban las habitaciones de invitados y los cuartos del servicio.

—¿Quién decidió eso?

La anciana empleada la miró confundida. ¿Acaso había perdido la memoria en el hospital?

Aunque sentía dudas, no lo demostró en su rostro:

—La señorita Renata la arregló personalmente para usted. Ella misma nos dijo que le había encantado.

—¿En qué piso está la habitación de Renata?

La mujer respondió sin entender la intención:

—En el tercer piso, al dar la vuelta a la izquierda.

Miranda la apartó de un empujón, subió al ascensor junto a sus guardaespaldas y fue directo al tercer piso.

La empleada sintió un vuelco en el corazón, presintiendo que algo iba mal, y rápidamente llamó a un par de guardias para que la acompañaran por las escaleras hacia el tercer piso.

Miranda se dirigió con paso firme a la habitación de Renata. Al abrir la puerta, la decoración, el mobiliario y cada pequeño detalle revelaban cuánto esfuerzo se había puesto en su diseño.

Pero para Miranda, todo aquello no valía ni un centavo.

—Sáquenlo todo.

Con esa única orden, los guardaespaldas invadieron la habitación y comenzaron a sacar los muebles, uno por uno.

La empleada llegó justo a tiempo para ver la escena y casi se desmaya.

—¡Señorita Miranda! ¡Qué está haciendo! ¡No puede aprovecharse de la ausencia de los señores para hacer este alboroto!

Miranda la miró de reojo.

—¿No dijiste que Renata se esmeró mucho arreglando mi cuarto? Lo estuve pensando y no puedo rechazar tan bello gesto. Así que ella dormirá ahí y yo me sacrificaré durmiendo aquí arriba.

Hizo especial énfasis en las palabras «me sacrificaré».

Los guardaespaldas eran rápidos y, en un parpadeo, vaciaron la habitación. Durante el proceso, rompieron unas cuantas cosas que cayeron al suelo.

—¡¿Acaso no le gustaba la habitación que le preparó la señorita Renata?! ¡¿Qué necesidad tiene de hacer toda esta mudanza ahora?!

La empleada estaba desesperada. No podía permitir que Miranda pusiera la casa patas arriba.

Miranda se pasó la lengua por los dientes con actitud amenazante, entrecerró los ojos y, con una voz cargada de peligro, dijo:

—Si me gusta o no, lo decido yo. ¿Quiénes se creen ustedes para adivinar mis preferencias?

La anciana empleada se quedó sin palabras. No tuvo más remedio que observar cómo sacaban todo y, al mismo tiempo, traían muebles nuevos desde afuera.

¿Qué diablos?

¿Acaso lo tenía planeado desde el principio?

La empleada se quedó allí, impotente, observando cómo Miranda daba órdenes.

Mientras los hombres iban y venían, ella le pidió a uno:

Renata miró de reojo a los guardaespaldas fuera del comedor con cierta confusión. ¿Por qué no intervenían?

Si lo hacían, Jimena se enfurecería aún más.

Lo que no sabía era que todo era parte del plan de Miranda.

Y no se estaban quedando quietos por miedo.

Miranda soltó la cuchara de golpe, salpicando la mano de Jimena con la sopa tibia.

El rostro de Jimena se desfiguró por el enfado, pero aun así no la soltó.

Miranda se puso de pie lentamente, y Jimena siguió agarrándole la mano todo el tiempo. Era exactamente lo que quería.

Con la mano izquierda, Miranda sacó una pequeña hoja afilada y, en un movimiento veloz, le cortó la muñeca a Jimena.

Jimena no supo cómo reaccionar al principio. Cuando finalmente lo asimiló, un dolor punzante le recorrió la muñeca y una sangre carmesí comenzó a brotar de la herida abierta.

Por inercia, intentó apartar la mano, pero no esperaba que Miranda le sujetara la muñeca con tanta fuerza que le fue imposible soltarse.

Jimena intentó empujarla con la otra mano, pero Miranda fue más rápida. La inmovilizó y, en un solo movimiento fluido, le presionó los omóplatos, obligándola a caer de rodillas.

El ardor en la muñeca y el dolor agudo en los hombros hicieron que Jimena soltara un quejido.

Las gotas de sangre caían al suelo de mármol, formando pequeñas manchas rojas.

Si había algo que aterraba a Jimena, era ver su propia sangre. Sentía que la vida se le escapaba gota a gota.

—¡Suéltame! —gritó Jimena, histérica, al ver que no podía liberarse.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La que llamaban basura es la jefa