—¿Un correctivo? —Nuno miró a Mila, que seguía impasible, y su voz se volvió aún más lúgubre—. Señor Quiroz, ¿se le olvidó a quién pertenece Mila ahora?
Del otro lado del teléfono, se hizo un silencio mortal.
—Desde el momento en que se unió a mi familia, es intocable. ¿Acaso pretendía darle un correctivo a ella, o estaba intentando pisotear mi honor?
Esteban sintió que el alma le abandonaba el cuerpo:
—¡Jamás! ¡Nunca me atrevería! ¡Fui un estúpido! ¡Don Nuno, se lo ruego, en nombre de la sangre que corre por las venas de Mila, apiádese de mí! Soy su suegro... ¡Por favor, no destruya a mi empresa! ¡Si esos proyectos y obras se cancelan, la familia Quiroz está acabada!
—¿Suegro? —Nuno resopló, arrastrando las palabras con tono siniestro—. Ya que invoca nuestros lazos familiares, señor Quiroz, creo que deberíamos sentarnos a calcular la compensación por este "susto".
Esteban vio una luz de esperanza:
—¡Lo que usted ordene! ¡Pagaré lo que sea con tal de apaciguar su furia!
—Yo soy un hombre razonable —Nuno habló con una calma aterradora, como si pidiera la hora—. Esta noche me he llevado un buen sobresalto, pero como dice que somos familia, no le exigiré imposibles. Quiero que transfiera el diez por ciento de sus acciones de la Corporación Quiroz a nombre de Mila. Considérelos... gastos médicos.
—¡¿Qu... qué?!
Esteban sintió que un rayo lo atravesaba. Su voz se quebró.
—¡¿El diez por ciento?! ¡¿Y a nombre de esa malag... a nombre de Mila?!
¡Era como si le estuvieran arrancando un trozo de carne viva! Y para colmo, tendría que dárselo a la hija a la que más detestaba.
—¿Hay algún problema? —La mirada de Nuno se endureció y fingió que iba a colgar—. Por lo visto, usted valora más ese diez por ciento que el puesto de patriarca. En ese caso, sigamos jugando. Veremos cuántas horas más aguanta su imperio.
—¡No! ¡No cuelgue! ¡Se lo daré! ¡Le daré las acciones!
Gritó Esteban, desesperado.
Aunque el dolor en su corazón era insoportable, mientras siguiera en la cima del poder, aún tenía esperanzas de recuperarse.
—Mañana a las nueve de la mañana, quiero los documentos de traspaso sobre mi escritorio. Y escúcheme bien: si falta una sola coma... ¡el juego continúa!
¡Clic!
Nuno colgó sin más preámbulos.
El cuarto de baño volvió a sumirse en el silencio.
Nuno lanzó el celular a un lado, miró a Mila y, con una sonrisa pícara y triunfante, le dijo:
—¿Y bien? Con ese diez por ciento a tu nombre, podrás pararte frente a toda la mesa directiva y exigirle cuentas a tu padre.
Mila levantó la vista. Miró a aquel hombre, que todavía llevaba el torso envuelto en plástico de cocina, sonriéndole de forma casi malévola.
Había sido ella quien saboteó los proyectos y las construcciones.
Pero Nuno había asumido el rol de verdugo, utilizando la excusa de "proteger a su esposa" para arrancarle un pedazo vital a Esteban.
Obviamente, ella sabía que si se hubiera enfrentado a él directamente, Esteban jamás habría cedido ante esa condición tan exorbitante.
Además, su plan de desmantelar a toda la familia Quiroz requería no entrar aún en guerra directa con Don Nicolás, por lo que debía ceder un poco de terreno para mantener las apariencias frente al anciano.
Sin embargo, con Nuno como muro de contención, por mucho que Don Nicolás pataleara, tendría que tragar veneno.
El destino se había encargado de alinear las piezas a la perfección.

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