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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 270

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—Milita, si necesitas personal, solo toma gente de otros departamentos de la corporación —dijo Nicolás con una sonrisa falsa y un tono que sugería estar evaluándola—. El abuelo te dio libertad para hacer eso; nadie se atrevería a negarse.

Mila se reclinó en la silla de cuero, sosteniendo el celular con una mano mientras golpeaba rítmicamente el apoyabrazos con los dedos de la otra. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.

—Abuelo, todos los departamentos están con mucho trabajo, no quisiera causar problemas a otros equipos. Pero no se preocupe, las personas que encontré son de plena confianza. —Mila hizo una pequeña pausa y continuó con tono intencionado—: Son Sofía y Camila Quiroz.

Nicolás se sorprendió un momento; esos dos nombres lo tomaron por sorpresa.

Había pensado que Mila intentaría traer a gente de afuera para crear su propio círculo de confianza. Nunca imaginó que eligiera a miembros de la propia familia.

—Abuelo, mis primas Camila y Sofía recién se graduaron; es el momento ideal para formarlas. Estoy segura de que, con sus capacidades, y un poco de experiencia, traerán grandes beneficios a la corporación.

Al escuchar las palabras sobre los beneficios a la empresa, el ceño fruncido de Nicolás comenzó a relajarse.

Parecía que había pensado de más.

Esta chica todavía estaba comprometida con la familia Quiroz y no tenía intención de usurpar el poder.

De no ser así, jamás habría reclutado a Camila y Sofía.

Ramiro Quiroz era alguien que no buscaba superarse, que solo vivía para pasar el rato.

Aunque sus hijas fueran jóvenes e inexpertas, siempre que llevaran el apellido Quiroz, todo se quedaba en familia. Sería imposible que Mila pudiera manipularlas para traicionar a los Quiroz.

—¡Excelente, Milita! Haz lo que consideres conveniente, el abuelo te apoyará sin dudarlo.

Esas palabras sonaban tan irónicas en los oídos de Mila. Hacía un momento estaba a la defensiva, y al darse cuenta de que eran de la familia, había cambiado su tono en un santiamén.

—Abuelo, el clima ha estado fresco últimamente, cuídese mucho.

—Jaja, gracias, Milita.

Tras colgar, Mila dejó escapar un largo suspiro, y la temperatura de sus ojos bajó al punto de congelación.

—Viejo zorro, yo nunca he tenido intenciones de usurpar nada... —murmuró en voz baja; su voz fue ligera como el viento, pero con un toque helado—. Solo quiero que esta ruina de corporación se hunda de una vez por todas.

Mila se puso de pie, se acomodó su impecable traje sastre, y salió de la oficina con paso firme y dominante.

Nada más al salir, su asistente personal Yara se acercó a ella.

—Señorita Mila, el encargo que me pidió ya está listo. —Le entregó unos documentos con ambas manos.

Mila revisó de reojo la información principal, asintiendo satisfecha:

—Buen trabajo. Al mediodía, me acompañarás al Club Los Laureles.

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