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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 984

Julieta solo comió una porción de avena.

Héctor la miró.

—¿Ahora también estás a dieta?

Julieta entendió lo que quería decir y respondió con calma:

—No tengo muchas ganas de desayunar.

—Ayer al mediodía tampoco comiste mucho.

Julieta bajó la mirada y siguió comiendo, evitando encontrarse con sus ojos.

Últimamente procuraba no comer carne ni nada con un olor demasiado fuerte.

Incluso los huevos comenzaban a provocarle rechazo.

Ahora que Héctor estaba ahí, tenía que evitar a toda costa que notara las náuseas del embarazo, así que trataba de comer cosas ligeras y apenas probaba un poco de carne.

Levantó la mirada hacia él y dijo con naturalidad:

—Últimamente hace mucho calor y no tengo tanto apetito. Además, yo no soy como tú, que a cada rato terminas en el hospital. Mejor preocúpate por ti mismo, no vaya a ser que después ya no rindas.

La mirada de Héctor se volvió más intensa.

—¿Que no rinda en qué sentido?

Julieta se quedó inmóvil un instante.

—Habla menos y come más.

Pero Héctor pareció interesarse todavía más.

—Si no me dices exactamente a qué te refieres, ¿cómo voy a saber qué tengo que cuidar?

Julieta frunció el ceño.

—¿Vas a comer o no?

—Puedo comer y escucharte al mismo tiempo.

—No quiero responderte.

Héctor miró a Sofía.

—Tu mamá no quiere contestarme.

Julieta lo miró sin saber qué decir.

Aunque Sofía no entendía de qué estaban hablando, se puso de inmediato del lado de Julieta.

—Entonces pregúntale bien. Mamá seguro te contesta.

Héctor volvió la mirada hacia Julieta, que ya tenía el rostro serio.

—Entonces al rato se lo preguntaré como se debe.

Por fin dejó de molestarla.

Después del desayuno, Julieta recogió los recipientes y los cubiertos.

Ella y Sofía se quedaron toda la mañana en la habitación acompañando a Héctor.

—¿Qué tiene de malo? No voy a hacerte nada.

—Mejor voy a llamar a alguien.

—Entonces ya no quiero ir.

Héctor apartó la mirada y dejó de prestarle atención.

Julieta cerró los dedos con fuerza y contuvo el enojo.

Cada vez le parecía más difícil atenderlo.

Sofía, sentada en una silla, no entendía por qué otra vez estaban discutiendo.

—Papá, si no vas al baño y te haces pipí en la cama, todos se van a reír de ti.

Por un instante, Julieta pensó que bien podía dejar que se hiciera encima.

Pero al final se acercó, descolgó la bolsa de suero y la sostuvo en alto.

—¿También tengo que ayudarte a bajarte de la cama?

—Eso no hace falta.

Héctor se bajó de la cama, levantó el brazo donde tenía puesta la vía y luego miró de reojo a Julieta, que seguía manteniendo cierta distancia.

—¿No sabes que tienes que ayudarme a caminar?

Julieta lo miró fijamente, con una expresión que dejaba claro que su paciencia estaba a punto de agotarse.

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