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La Traición en Vísperas de la Boda romance Capítulo 1309

Andrés lo agarró a jalones al instante para sacarlo de su vista.

Justo cuando estaba a punto de meter al tipo en el vehículo, se detuvo, giró hacia su jefe y preguntó con cautela:

—Señor Núñez, ¿quiere que me lo lleve para carearlo con Regina? Podríamos checar cómo reacciona ella ante todo esto.

Federico echó un vistazo rápido en dirección al hospital y contestó con sequedad:

—No hace falta.

Que ella estuviera al tanto de todo eso o no, lo tenía completamente sin cuidado.

Su historia juntos ya era cosa del pasado.

Daba igual si ella y la familia Serrano se habían confabulado para armar este zafarrancho; a él ya no le importaba en lo absoluto.

Andrés asintió con la cabeza y sin más preámbulos, metió al paparazi de vuelta en el carro.

El sujeto tenía una expresión petrificada y permaneció sentado en la parte de atrás, sin atreverse a mover ni un solo músculo.

Solo cuando el vehículo de Andrés se alejó del coche de su patrón, el fotógrafo por fin se animó a hablarle con una vocecilla temblorosa:

—Andrés... de veras que no lo vuelvo a hacer. Échame la mano, ¿no? ¡Déjame ir! Te juro por lo que más quieras que no vuelvo a armar estos chismes.

Al oírlo, Andrés asintió sin darle mucha importancia y respondió:

—Está bien, pues.

Los ojos del paparazi brillaron de sorpresa al instante, aunque luego miró al asistente de Federico con cierta duda.

—¿En serio? —preguntó.

Andrés volvió a asentir y agregó con indiferencia:

—En serio.

—Al final del día, a ti también te usaron. Lo entiendo. Además, es mejor no hacer tanto drama. Mientras te dejes de tonterías y no vuelvas a meterte en estas fregaderas, todo va a estar bien.

El reportero asintió con una energía desbordante.

¡Sabía que rogarle iba a funcionar!

A fin de cuentas, si su captor seguía al pie de la letra las órdenes de Federico, iba a tener que andarle pidiendo favores a medio mundo en la industria de los medios para poder vetarlo.

Eso era un desgaste tremendo e, incluso, corría el riesgo de contraer deudas de favores innecesarias.

Si había fingido perdonarlo, fue únicamente para callarlo, porque ya estaba harto de escuchar sus súplicas.

Después de que le confirmaran la instrucción desde el otro lado de la línea, el asistente agradeció formalmente y colgó.

***

En la entrada del hospital.

Federico estaba a punto de encender el coche para marcharse cuando notó que el profesor Vicuña iba saliendo.

El joven consultó su reloj; todavía faltaban varias horas para su vuelo.

Se bajó del carro, miró en dirección al anciano y exclamó con tono tranquilo:

—Profesor, lo llevo a su casa.

El anciano estaba convencido de que su alumno ya lo había dejado ahí botado. Al notar que lo seguía esperando pacientemente, el pequeño resentimiento que había surgido en su interior se esfumó por completo.

Se acercó y, con algo de dificultad, subió al automóvil.

—Bueno, al menos a este chamaco todavía le queda tantita decencia.

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