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La Traición en Vísperas de la Boda romance Capítulo 1348

Jimena miró por la ventana y comentó con frialdad:

—Iremos resolviendo sobre la marcha, con lo que venga.

Violeta asintió.

Al llegar al restaurante.

Jimena pidió los platillos e indicó a los meseros que fueran decantando el vino tinto.

Luego, ella y Violeta se quedaron en el reservado esperando en silencio.

Tras unos diez minutos, a Violeta le llegó un mensaje y de inmediato le avisó a su jefa:

—Ya están aquí, voy a recibirlos a la entrada.

Jimena le hizo un gesto afirmativo.

Poco después, Violeta regresó a la mesa, mostrando una amplia sonrisa e introduciendo a los invitados al salón.

Gonzalo no venía solo; traía consigo a varios de sus subordinados más cercanos.

En cuanto cruzaron la puerta, Jimena se levantó con una sonrisa cordial, se acercó para recibirlos y tomó la iniciativa de saludar al delegado.

—Buenas noches, Alcalde Gonzalo.

Gonzalo asintió, miró la mano extendida de Jimena y esbozó una sonrisa con intenciones ocultas al tomarla para saludarla.

—Buenas noches, señorita Calvo.

Al estrecharle la mano, el pulgar del hombre acarició con suavidad y descaro el dorso de la mano de Jimena.

Jimena notó enseguida sus intenciones, pero retiró la mano con total naturalidad e hizo un gesto invitándolo a pasar.

—Tome asiento, por favor.

Él asintió y se dejó guiar hasta su lugar.

Violeta no había perdido detalle del contacto. Estaba que echaba chispas; si pudiera, le cortaría la mano ahí mismo.

Al notar cómo el hombre miraba de forma asquerosa a Jimena y le insistía que se sentara a su lado, Violeta se adelantó y se interpuso, ocupando el lugar junto al alcalde para distraerlo.

—Ay, señor Gonzalo, fíjese que he leído muchos artículos sobre usted. Siempre lo he admirado muchísimo, me encantó su trabajo en...

Violeta lo miraba con ojos de cordero degollado, haciéndole una pelota impresionante mientras le hablaba.

—No se preocupe, señor Gonzalo, yo brindo con usted las que sean necesarias.

A esas alturas de la vida y con el cargo que tenía, Gonzalo no se chupaba el dedo. Enseguida captó la jugada que tenían armada entre jefa y asistente.

Su expresión cambió al instante; le lanzó a Jimena una mirada hosca y comentó con un tono mucho más gélido:

—Ya veo... la señorita Calvo me invita a cenar, pero no le pone empeño al asunto. Esto me parece una falta de disposición.

Jimena no se dejó intimidar por la actitud del alcalde y se apresuró a explicar, manteniendo su firmeza:

—Alcalde...

Pero Gonzalo ni siquiera la dejó terminar la frase; la cortó de tajo y dijo con desdén:

—Ya me había llamado Octavio Núñez para contarme que usted es de esas mujeres altaneras a las que todos los demás les parecemos poca cosa.

—Creí que eran puros chismes. Con tanta insistencia que traían para vernos, pensé que sería buena idea concederles la cita por cortesía. Pero ya veo que Octavio tenía toda la boca llena de razón.

A Violeta le cambió la cara en un segundo, y saltó de inmediato en defensa de su jefa:

—Señor Gonzalo, créame que todo eso es un malentendido. La señorita Calvo para nada es altanera, se lo juro.

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