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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 577

Esmeralda se sentó del otro lado de la cama.

—Es increíble que se atrevieran a echarte algo en la bebida enfrente de todos y que encima hayas caído tan fácil. Al final resultaste ser un blanco fácil.

David volteó a verla y, con un tono burlón, respondió:

—Pues sí. Por eso deberías quedarte pegada a mí para cuidarme.

Esmeralda entrecerró los ojos. De pronto tuvo un mal presentimiento. Al repasar lo sucedido, le dio la impresión de que él lo había hecho a propósito.

Tras un momento de silencio, soltó:

—De verdad que eres muy calculador.

De repente empezó a dudar si él también había fingido la primera vez, hacía cinco años. Pero pensándolo bien, eso era imposible. Después de aquella noche, David había demostrado un repudio total hacia ella. Incluso en la oficina, siempre mantenía una actitud rígida y distante.

David simplemente sonrió. Clavó la mirada en la ropa limpia que estaba a un lado.

—Ayúdame a cambiarme.

Esmeralda desvió la mirada, ignorándolo por completo.

David no se molestó. Agarró la camisa y el pantalón y se dispuso a desatar el nudo de su bata.

Al notar lo que estaba haciendo, Esmeralda se alarmó.

—¿Qué haces?

Él ya se había aflojado tanto el cinto de la bata que parecía que en cualquier momento se le caería al piso. Tenía todo el pecho descubierto, mostrando sus músculos marcados y dejando ver parte de sus largas piernas.

—Si no me vas a ayudar, lo tengo que hacer yo —argumentó David.

—¿Y no sabes cambiarte en el baño? —le espetó ella.

David arqueó una ceja, coqueto.

—Somos marido y mujer, ¿a qué le tienes miedo?

David dejó que ella hiciera lo que quisiera.

Diez minutos después, Esmeralda apagó el aparato; le había dejado el pelo hecho un desastre.

David siempre cuidaba muchísimo su imagen personal. Sin importar la ocasión, debía verse pulcro e intachable. Daba la impresión de que nada en el mundo podía alterarlo al grado de perder el estilo.

En ese momento, Esmeralda observó el reflejo del hombre en el espejo. Definitivamente era muy guapo, se veía perfecto desde cualquier ángulo. Al menos eso la hizo sentir un poco mejor.

—¿Quedaste a gusto? —preguntó.

David levantó la mano y se acomodó un poco los mechones con los dedos. Incluso con ese peinado tan desalineado irradiaba una confianza avasalladora, muy distinta a la sobriedad que siempre lo caracterizaba.

Se giró un poco y, de un solo movimiento, la jaló del brazo y la sentó en sus piernas.

—¿Tú...?

El hombre le robó un beso en los labios antes de que terminara la frase. Fue un roce suave y breve, una muestra de cariño cargada de ternura.

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