Su cerebro se sentía como una esponja empapada.
Pesado pero vacío.
Vicente podía sentir cómo apretaba los puños, intentando desesperadamente distinguir la oscura figura a lo lejos.
Pero no podía ver nada.
Bzzz.
Bzzz...
El celular en su bolsillo no paraba de vibrar, como si la persona del otro lado no fuera a colgar hasta el fin del mundo.
Vicente miró fijamente el techo oscuro sobre él.
Después de un largo rato, se sentó y sacó el teléfono.
—¿Hola?
—Vicente... —la voz de Paulina rebosaba de sorpresa y emoción—. ¿Dónde estás? ¡Quiero verte!
—¿Necesitas algo?
Tenía una fina capa de sudor en la frente.
Vicente aún seguía atrapado en el sueño, en aquel grito desgarrador.
Tan lleno de dolor.
Como si estuviera en un abismo de desesperación, sin un solo rayo de luz.
¿Quién era? Faltó tan poco para poder verle el rostro.
—Vicente... —al notar la frialdad en su voz, Paulina se calmó un poco—. ¿Te pasa algo? ¿No te sientes bien?
—Vicente, ¿se te olvidó qué día es hoy?
Vicente frunció el ceño.
—¿Qué día es?
—Es mi cumpleaños... —respondió Paulina, con un dejo de amargura en su tono—. Vicente, todos los años me llamabas para felicitarme este día. Incluso me decías que me darías mis regalos acumulados en cuanto volviera. ¿Se te olvidó?
Cuando Paulina se enteró de que Vicente y Clara habían ido a firmar los papeles, creyó que ese era su regalo de cumpleaños. Terminar su relación con la mujer equivocada justo en su día. Para luego empezar de cero con ella.
Detrás de ella, en el área privada del local, se estaba llevando a cabo su gran fiesta. Habían asistido tanto conocidos como extraños. Solo faltaba él.
Pensó que si se estaba tardando era porque le estaba preparando una sorpresa enorme. Jamás se imaginó que no solo se había equivocado, sino que Vicente ni siquiera recordaba su cumpleaños.
En ese momento, la decepción que sentía Paulina era inmensa.
—¿Qué es lo que quieres de regalo?
Al escuchar su tono serio, Paulina recuperó la sonrisa.
—¡Que vengas a verme! ¡Ese sería el mejor regalo de cumpleaños para mí, Vicente!
Vicente miró la hora, eran las siete y media de la noche.
—¡Muchas gracias, doctora Ramos!
Agarraba su impecable chaqueta de diseñador con la mano como si fuera un pedazo de trapo viejo.
Al alejarse, incluso su espalda transmitía pura desolación.
Natalia tomó su pluma y comenzó a escribir rápidamente en su libreta de notas.
Cuando Vicente entró a la fiesta, el lugar quedó en completo silencio.
Pero en el instante en que Paulina gritó su nombre, el ambiente se llenó de alegría.
—¡Señor Velasco, qué bueno que llegó! ¡Paulina ha estado distraída toda la noche!
—¡Sí, es verdad!
Paulina miró a todos haciéndose la indignada, y caminó hacia Vicente para tomarle la chaqueta y dársela a un mesero.
Vicente le entregó una pequeña bolsa de regalo.
—¡Feliz cumpleaños!
Tenía el logotipo de una de las marcas más caras del mundo.
Sin necesidad de adivinarlo, todos sabían que se trataba de lo más nuevo de la temporada.
Las ovaciones de los presentes se hicieron más fuertes, Paulina la recibió con una sonrisa y jaló a Vicente para que se sentara frente al pastel.

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