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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 101

Por fin había llegado su adorada hija. Frida y Simón se levantaron, ansiosos, y caminaron hacia la puerta de la habitación.

Pero Almendra fue más rápida y ya había entrado.

Fabián, siguiendo la mirada de todos, también volteó instintivamente. Cuando vio a una muchacha de unos diecisiete o dieciocho años entrar por la puerta, sus pupilas se contrajeron.

La chica vestía una camiseta y pantalones negros, su figura era alta y esbelta, y proyectaba un aura fría e imponente.

Tenía una sonrisa radiante y una piel tan blanca y luminosa que parecía reflejar la luz a su alrededor.

Su largo cabello negro caía con desenfado sobre sus hombros, natural y relajado. Cuando sus ojos, puros y hermosos como el cristal, se posaron en él, brillaron con una luz entre confiada y distante que provocó un escalofrío involuntario.

Esa chica tenía un temple impresionante.

Incluso le daba una extraña sensación de familiaridad.

—Alme, ¿ya te desocupaste de la empresa? ¿Qué tal el trabajo, ya te estás acostumbrando? ¿No estás muy cansada? —Frida se acercó con cariño, tomó la mano de Almendra y le preguntó con voz suave.

Almendra esbozó una leve sonrisa y negó con la cabeza.

—Todo bien, no estoy cansada.

Su voz era clara y agradable, como un manantial de montaña capaz de purificar el alma.

Al escucharla, las pupilas de Fabián se encogieron de golpe. Esa voz…

Algo estalló en su cabeza con un estruendo, dejándolo completamente aturdido.

El señor Esteban también corrió hacia ella, mirando a Almendra con una expresión zalamera.

—Alme, mi niña, si el trabajo es muy pesado, no lo hagas. Si tus papás no te pueden mantener, ¡nosotros, la familia Ortega, sí podemos!

A Almendra le hizo gracia el comentario.

—No es pesado, señor Esteban. Yo misma quise ir a la empresa para aprender y foguearme un poco.

El señor Esteban pensó que Almendra era demasiado sensata y adorable. Ya era brillante por sí misma, con unos padres multimillonarios y la familia Ortega como respaldo. ¿Qué necesidad tenía de foguearse?

—Alme, ¿escuché que la operación de tu abuelo la hiciste tú? —El señor Esteban la miraba como si fuera su ídolo; sus ojos de anciano brillaban de admiración.

Almendra asintió, sin soberbia ni falsa modestia.

—Sí.

—¡Y yo también! Yo soy el afectado, puedo testificar que esos tres imbéciles, Neil y sus amigos, hicieron trampa.

Lorenzo asintió levemente y miró a Almendra.

—¿Vamos a la antesala?

—Sí.

Al ver a Lorenzo y a Mauricio escoltando a Almendra hacia la otra habitación, uno a cada lado, los ojos del señor Esteban se cerraron en una sonrisa.

«Parece que Alme y Mauricio se llevan bastante bien», pensó. «Y si no, Lorenzo también es una opción». En cuanto a su nieto mayor, ese bueno para nada, le lanzó una mirada de absoluto desdén a un Fabián que parecía estar en otro mundo. «¡Que se revuelque en su arrepentimiento ese idiota!», se dijo con un bufido mental.

Pero el anciano no tenía idea de que, en ese momento, ¡Fabián estaba tan arrepentido que sentía ganas de darse de topes contra la pared!

Aunque su vista no era la mejor, su oído era excepcionalmente agudo.

No había error. Esa era la voz de la doctora Alma.

***

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