Pero ahora, la nueva directora, la señorita Almendra, ¡le había dicho que revisaría su trabajo! ¡Estaba increíblemente feliz!
Almendra salió del edificio, subió a su carro y se dirigió directamente al Hospital de La Concordia. Mientras tanto, en el hospital, todos los que la esperaban habían centrado su atención en Fabián.
—Fabián, ¿ya estás completamente recuperado? ¿Todo bien? —preguntó Simón, con genuino interés.
—Sí, señor Simón, ya estoy bien —respondió Fabián, cortésmente.
—Qué bueno que ya estás mejor. Ten más cuidado la próxima vez —añadió Frida—. Por cierto, lamento que ni el señor Simón ni yo hayamos podido visitarte en el hospital. Espero que no te moleste, Fabián.
Antes de que Fabián pudiera responder, el señor Esteban intervino:
—¿Molestarse? ¡Si ayer Alme fue personalmente a verlo y él no estaba porque tenía un asunto urgente en la empresa! ¿A quién va a culpar?
Fabián se quedó sin palabras. Le había tocado el punto débil.
Betina, que había pasado toda la noche con el corazón encogido, sintió un ligero alivio. Era obvio que Fabián no quería ver a Almendra. No le gustaba en absoluto.
—No te preocupes, Alme llegará pronto. Le podemos pedir que te revise de nuevo —dijo Frida, tratando de aligerar el ambiente.
—Ya estoy completamente bien, señora Frida, no es necesario —la interrumpió Fabián—. Fue solo una herida menor. Lorenzo y Mauricio tienen que hablar con ella sobre el asunto del embajador de Tierra de la Cruz, no quiero quitarles tiempo.
El mensaje era claro: no necesito su ayuda. Casi llevaba escrito en la frente: «No me interesa su hija».



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