De pronto sintió que el hombre que tenía enfrente era... demasiado guapo.
Qué lástima que su destino, igual que el de su hermana, era casarse con la realeza para ser princesa.
—¿Quién eres tú? ¿Conoces al Maestro del Sol Negro? —preguntó Esther primero. No sabía por qué, pero quería que ese hombre le dirigiera la palabra.
Quería que la notara.
Fabián apenas le dirigió una mirada fugaz y fría, antes de desviar los ojos hacia Almendra, suavizando su expresión:
—Si Alme dice que el cuadro es falso, es falso.
Iris apretó los dientes y bufó:
—¿Y tú quién te crees que eres? ¿Con qué derecho lo dices?
Fabián curvó los labios con orgullo:
—Soy el prometido de Alme.
—¿Tú? —Iris frunció el ceño.
Esther puso cara de asombro y, al instante, sintió una punzada de indignación.
¿Él era el prometido de la maldita de Almendra?
—Ese soy yo. —Fabián miró a Iris, y la frialdad en el fondo de sus ojos hizo que el corazón de ella diera un vuelco.
Ese hombre... ¡no era alguien común!
—Entonces, ¿la estás encubriendo? —reclamó Esther, furiosa.
Fabián ni siquiera se molestó en volver a mirar a Esther. Se dirigió a todos los presentes:
—El cuadro lo pintó la propia Alme. Nadie sabe mejor que ella si es verdadero o falso.
La frase de Fabián cayó como bomba. Todos miraron a Almendra con incredulidad.
—¿Qué? Fabián, ¿quieres decir que Alme es... es el Maestro del Sol Negro? —preguntó Simón, entre emocionado y sorprendido.
Ezequiel estaba aún más impactado. Siempre pensó que el Maestro del Sol Negro sería un anciano como él. ¡Nunca imaginó que se tratara de su querida nieta!
Luis puso una cara exagerada:
—¡No manches! ¿La prima Almendra es tan cabrona?

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