Lorenzo tosió un par de veces y miró a Mauricio con complicidad.
—Mauricio, ¿entramos?
Fue entonces cuando Mauricio entendió. ¿Su hermano le estaba pidiendo que les diera a él y a Almendra un momento a solas?
Al comprenderlo, se levantó de inmediato.
—De acuerdo, entonces entremos a ver al señor Yago.
Una vez que las dos velitas se fueron, Fabián por fin pudo mirar a Almendra, cuyo rostro permanecía sereno, mientras él luchaba por contener la emoción en sus ojos.
—¿Por qué no me dijiste quién eras?
Almendra lo sabía. Fabián iba a ser un hueso duro de roer.
Con una expresión tranquila, fingió no entender.
—¿A qué te refieres?
Fabián sonrió con resignación. ¿La muchachita todavía se hacía la desentendida?
—¡Tú eres la doctora Alma! —afirmó con total seguridad.
Almendra frunció el ceño.
—¿Y quién es la doctora Alma?
Viendo que Almendra seguía negándolo, Fabián tuvo que recurrir a su as bajo la manga.
—¿De verdad ya no quieres tu dije?
La cara de Almendra se ensombreció. Ya ni siquiera se molestó en responderle.
Fabián aprovechó la oportunidad.
—¿Bajamos a platicar?
Aquí no era el lugar adecuado.
Almendra se levantó y salió primero.
Una sonrisa de triunfo se dibujó en los labios de Fabián mientras la seguía a grandes zancadas.
En el parquecito del hospital La Concordia, Almendra se detuvo bajo la luz de una farola. La cálida luz blanca que la bañaba le daba un aspecto casi etéreo.
—¿Y el dije? —preguntó ella.
Fabián la miró, a esa chica de belleza pictórica, y sintió un torbellino de emociones.
—Alme, ¿sabes que me he vuelto loco buscándote? —dijo, acercándose a ella sin poder controlarse.
Almendra no retrocedió, pero levantó una mano para detener su avance. Su voz era neutra.
—Señor Fabián, usted y yo no nos conocemos.


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