—Bueno —contestó.
Al otro lado de la línea, Fabián finalmente escuchó la voz de Almendra, y el corazón, que tenía en un puño, se relajó.
Había pensado que Almendra seguía enojada porque la había dejado plantada en el hospital.
—Alme, ¿qué hacías? —Su voz, magnética y profunda, sonaba más suave que nunca.
—Arreglándome —respondió Almendra.
Decirle a un hombre que acababa de bañarse no le parecía apropiado, así que usó un término más general.
Fabián suspiró aliviado y se disculpó de inmediato.
—Lo siento. Ayer por la mañana, cuando fuiste a verme al hospital, me escapé a propósito. Te hice ir para nada.
—Le prometí al señor Esteban que iría. Que estuvieras o no, para mí no era importante.
Fabián: … ¿Así que había estado dándole vueltas a la cabeza y haciéndose ideas para nada?
¿A la muchacha ni siquiera le había importado lo de ayer?
Fabián sintió una punzada de decepción. Tenía que encontrar la manera de ocupar un lugar en el corazón de esa chica, y pronto.
—De todos modos, fue mi culpa. Te aseguro que no volverá a pasar algo así.
—Ajá.
—Alme, ¿podemos comer juntos mañana al mediodía?
—Al mediodía estoy en la oficina —respondió Almendra con sinceridad.
—¿Es necesario que trabajes? —Para Fabián, Almendra no necesitaba trabajar en absoluto. Él podía mantenerla perfectamente.
—Sí.
—Entonces mañana al mediodía paso por ti a tu oficina. Te devuelvo el dije.
Almendra, que sí estaba pensando en el dije, asintió.
—De acuerdo.
—Y agrégame a WhatsApp.
Almendra dudó un segundo y luego asintió.
—Ok.
Abrió la aplicación y vio más de diez solicitudes de amistad de un tal Fabián, con el mismo nombre de usuario que en la plataforma de streaming.
—Ya acepté.
—Bien. Hoy tuviste un día largo, descansa. Nos vemos mañana.
—Alme, tú atiende tus asuntos, nosotros cuidamos al abuelo.
Almendra asintió.
—Sí.
Al ver el carro de Almendra alejarse, Betina sintió de nuevo una punzada de injusticia.
Llevaba tantos años viviendo con la familia Reyes y sus padres nunca le habían propuesto que se hiciera cargo de la empresa. Pero Almendra llevaba apenas unos días de vuelta, ¿y ya se la habían entregado?
¡Qué favoritismo tan descarado!
Almendra llegó a la empresa y, al entrar, vio a cuatro guardias de seguridad formados en una línea perfecta. Al verla, la saludaron con entusiasmo y una voz potente:
—¡Buenos días, señorita Almendra!
Almendra arqueó una ceja.
—Hoy se portan muy bien, pero su trabajo es vigilar la seguridad de la empresa, no gasten sus energías en cosas innecesarias.
—¡Sí, señorita Almendra!
El despido de las dos recepcionistas el día anterior les había servido de advertencia. De ahora en adelante, no podían seguir haciendo su trabajo a medias.
***

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