—Parece que no es la primera vez que usan el nombre de la esposa del hombre más rico del país para hacer de las suyas —dijo Almendra, con una mirada aún más fría.
Patricio se burló.
—¡La esposa del hombre más rico y mi mamá son íntimas amigas! ¡No importa de dónde hayas salido, estás acabada!
Almendra lo miró con sarcasmo.
—¿Ah, sí?
—¡Mi mamá viene en camino a la empresa, prepárate para que te echen de La Concordia!
—¿Ustedes qué están mirando?
De repente, la voz de Olga se escuchó desde afuera.
Las secretarias que estaban espiando volvieron a sus puestos al instante, completamente en shock.
¡Dios mío!
El director Patricio había intentado propasarse con la nueva directora Reyes, y ella le había dado una paliza.
—Señora, el director Patricio, él… —dijo una de las secretarias más cercanas a Olga, con expresión dubitativa.
—¿Mi hijo ya regresó? ¿Dónde está? —preguntó Olga, con una sonrisa de sorpresa.
Patricio había ido a Santiago del Valle para la fiesta de cumpleaños de un amigo y dijo que se quedaría allí unos días. Ese muchacho, ni siquiera había avisado que volvía.
—Está… en la oficina de la señorita Almendra —respondió la secretaria, a regañadientes.
Olga frunció el ceño. Antes de que pudiera entender por qué Patricio estaba en la oficina de Almendra, escuchó los gritos de su hijo:
—¡Mamá! ¡Mamá, estoy aquí! ¡Ven rápido y acaba con esta maldita mocosa!
Olga se quedó de piedra. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la oficina de Almendra.
Al llegar a la puerta, vio a su adorado hijo acurrucado en el suelo, con el rostro pálido y en un estado lamentable que nunca antes había visto.
—¡Cielos! —gritó.
—¡Pato! ¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?
Olga corrió al lado de Patricio y, al ver que su hijo estaba a punto de desmayarse del dolor, se puso a temblar de rabia.
—¡Quién! ¡Quién se atrevió a ponerte una mano encima!

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