—Almendra.
Al ver el rostro delicado y luminoso de la joven, el corazón de acero de Fabián amenazó con derretirse.
Ella asintió.
—Hola. ¿A dónde vamos?
—Al Hotel Real y Noble.
Almendra enarcó una ceja. Era el único hotel en La Concordia con la categoría para hospedar a presidentes y altos funcionarios de otros países. Y, por supuesto, pertenecía al Grupo Ortega.
Con un gesto de cuidado inédito, Fabián le protegió la cabeza con la mano mientras ella subía al carro. La ternura de la escena dejó a Martín, el chofer, con la boca abierta.
«Madre santa, esto es para no creerse», pensó. «¿Desde cuándo nuestro jefe se ha vuelto tan galán?».
Si sus compañeros lo vieran en ese momento, jurarían que estaban soñando.
Pero había que admitirlo: la verdadera heredera de los Reyes era una belleza. La palabra «deslumbrante» se quedaba corta para describir su hermosura. Además, tenía un aire entre frío y desafiante que, junto a su jefe, creaba una imagen de pareja perfecta. Con razón el jefe la había buscado sin descanso.
Definitivamente, no hay hombre poderoso que se resista a una mujer así.
Fabián subió al carro y, controlando la emoción que le bullía por dentro, se sentó junto a Almendra.
—Vámonos —le ordenó a Martín.
—Sí, señor.
Se giró hacia ella.
—¿Estuvo pesado el trabajo? —le preguntó, observando cómo sus pestañas, largas y espesas, se movían como alas de mariposa, rozándole el corazón con cada parpadeo.
—No.
—¿Te gusta el diseño de modas?
—Me interesa.
—Y también sabes de medicina, manejas motos y peleas muy bien. ¿Todo eso son pasatiempos?
Para Fabián, Almendra era como un cofre de tesoros. Cada día le revelaba una nueva sorpresa que lo impulsaba a querer saber más y más de ella.
Ella asintió.
—Sí. Pero la medicina es mi vocación.
Su sueño era dejar una huella en el mundo de la medicina, crear nuevas posibilidades para ayudar a quienes más lo necesitaran.
Las palabras de Almendra lo conmovieron profundamente. Su Almendra era brillante, admirable.
—Almendra, dame tu mano.
Ella lo miró, extrañada.


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