—Almendra, conmigo no tienes que ser tan formal.
La voz de Fabián, profunda y magnética, hizo que las mejillas de Almendra se sonrojaran sin que pudiera evitarlo.
Ella asintió con un leve «ajá» y se movió un poco hacia el lado, creando una pequeña distancia entre ellos.
Este hombre era peligroso.
Fabián notó su sutil movimiento y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.
«¿Así que se puso nerviosa?», pensó. «Qué adorable se ve».
Adelante, Martín ya no sabía qué cara poner para disimular su asombro.
Si no lo estuviera viendo con sus propios ojos, jamás creería que su jefe dominara el arte del coqueteo con tanta naturalidad.
¿Quién podría resistirse a algo así?
Unos diez minutos después, el Rolls-Royce se detuvo frente al Hotel Real y Noble.
El edificio parecía un castillo sacado de un cuento de hadas, una mole dorada y resplandeciente en el corazón de la ciudad.
En cuanto el equipo de valet parking vio la placa del carro, una serie de números que gritaban poder, se apresuraron a recibirlos.
Pero cuando el gerente del hotel, que encabezaba la bienvenida, vio a su jefe bajar del carro de la mano de una joven, se quedó petrificado.
¿Su jefe, el hombre al que las mujeres no se le acercaban ni por error, llegaba acompañado de una muchacha que no pasaría de los dieciocho años?
¿Estaba viendo bien?
Se sabía que el jefe tenía una prometida, una de las señoritas de la familia Reyes. Pero él conocía a Betina Reyes, y no se parecía en nada a la chica que tenía delante.
¿Será que su jefe le estaba poniendo el cuerno?
Aunque, pensándolo bien, esta joven era mucho más guapa que la hija del magnate Reyes. Y su porte, esa mezcla de elegancia fría y actitud desafiante, hacía una pareja perfecta con su jefe.
—Jefe, el restaurante del segundo piso ya quedó reservado solo para ustedes.
Fabián asintió sin detenerse y, sin soltar la mano de Almendra, la guio hacia la entrada del hotel. Era una declaración de posesión en toda regla, como si quisiera que el mundo entero supiera que Almendra era su novia.
Ella había intentado zafarse al bajar del carro, pero fue inútil.
Ese hombre era increíblemente terco.
Al cruzar las puertas del hotel, los recibieron obras de arte exquisitas y candelabros de cristal que colgaban del techo, creando una atmósfera de lujo y opulencia.
Subieron por la escalera de mármol hasta el restaurante principal en el segundo piso. Una fila de meseros uniformados se inclinó en una reverencia.
—Bienvenido, señor presidente. Buenas tardes.
Fabián se detuvo, con la mano de Almendra aún en la suya, y se dirigió al gerente y al personal.


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