Por alguna razón, las palabras de Fabián conmovieron profundamente a Almendra.
¿Acaso este hombre sabía exactamente qué decir para tocar la fibra sensible de una mujer?
A lo lejos, el gerente del restaurante, notando que el ambiente se había puesto un poco tenso, le hizo una seña al pianista que habían contratado especialmente para la ocasión.
De repente, una melodía elegante y conmovedora inundó el salón. Las notas, fluidas y vibrantes, hicieron que Almendra levantara una ceja.
Dirigió la mirada hacia el piano de cola blanco en el centro del restaurante. Justo en ese momento, el pianista también miró en su dirección. Al ver a Almendra, su corazón dio un vuelco y se equivocó de tecla.
«¡Cielos, es la maestra!», pensó.
Almendra, por su parte, soltó un bufido mental. «Qué casualidad, hasta comiendo me encuentro a mis alumnos. Y por lo que oigo, no ha progresado mucho últimamente».
—¿Te gusta el piano? —le preguntó Fabián, al verla mirar hacia allá.
Almendra asintió.
—Algo.
Fabián se sorprendió.
—¿Tú también tocas?
—Un poco.
—Algún día tienes que tocar para mí.
—Algún día será.
Él la miró con admiración.
—Almendra, ¿cuántas sorpresas más me tienes guardadas?
Ella sonrió levemente.
—Poco a poco, las irás descubriendo.
En el escenario, Kino, el maestro pianista, al darse cuenta de que su propia maestra lo estaba observando, comenzó a tocar con un cuidado extremo.
Había estado flojeando últimamente. Hoy lo llamaron de emergencia desde el Hotel Real y Noble porque el gran jefe había reservado el lugar para un invitado especial y quería música en vivo. Nunca imaginó que su maestra lo pescaría en plena maroma. Seguro le esperaba un buen regaño.
«Por cierto», pensó, «¿desde cuándo la maestra es tan cercana al jefe del Grupo Ortega?».
—Mi dije. ¿Lo trajiste o no?
Ya casi terminaban de comer y Fabián no sacaba el dije por ningún lado. Almendra empezaba a sospechar que solo la estaba vacilando.

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