Junto al mensaje que acababa de enviar, solo aparecía una solitaria palomita gris. Inmediatamente después, la nítida foto de perfil de Fabián se desvaneció, reemplazada por la fría y anónima silueta gris por defecto.
Abrió los ojos como platos, incrédula. El celular casi se le resbala de las manos. ¡Se sintió como si le hubiera caído un rayo!
¿Fabián la había bloqueado?
¿Cómo era posible?
Pensó que estaba viendo mal y volvió a enviar el mensaje.
Pero el resultado fue el mismo.
¿Por qué?
¡Tenía que ser Almendra!
Seguro Almendra, que estaba con él en ese momento, vio su llamada, le prohibió contestar y lo obligó a bloquearla.
¡Tenía que ser eso!
Si no, ¿por qué Fabián, con quien llevaba más de medio año como contacto, nunca la había bloqueado y ahora, justo después de estar con Almendra, lo hacía?
En un instante, una ola de celos y rabia la consumió por completo.
—Betina, ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal?
La voz de Frida la sacó de su trance. Se recompuso como pudo y forzó una sonrisa.
—Mamá, creo… creo que ya me va a bajar. Me duele un poco el vientre.
—¿Ah, sí? Entonces tómate un té caliente. Betina, ¿por qué no te vas a casa? Tu abuelo ya está estable. Tu papá y yo nos podemos quedar aquí.
En ese momento, Betina no tenía ganas de seguir ahí ni un segundo más.
Aun así, fingió un poco de resistencia.
—No, ¿cómo creen? Ustedes también están cansados.
—No te preocupes, para eso están las enfermeras. Si no te sientes bien, vete a casa y descansa.
—Bueno, está bien, mamá. Gracias a ti y a papá por todo.
Frida apenas había acompañado a Betina al elevador cuando su celular sonó. Era su amiga Olga.
***
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