Le daban ganas de vomitar.
Simón notó lo afectada que estaba Frida y la abrazó, acariciándole la espalda.
—Tranquila, mi amor. Son solo una familia de parásitos. No vale la pena que te enfermes por ellos.
La verdad era que Simón había sospechado de la familia de Olga desde hacía mucho tiempo. Pero la amistad de su esposa con ella era tan profunda que prefirió no decir nada. No quería pelearse con ella por unos cuantos millones al año. Esperó a que ella misma se diera cuenta.
Y, por fin, ese día había llegado.
Frida sentía una mezcla de rabia y dolor. Le había entregado a Olga una amistad sincera, décadas de confianza, solo para descubrir que para ellos no era más que un escalón para trepar socialmente. ¿Cómo no iba a dolerle? Le dolía hasta el alma.
—Todo gracias a Almendra. Si no fuera por ella, seguiría engañada.
Al mencionar a su hija, una sonrisa de orgullo iluminó el rostro de Simón.
—Sí. Nunca imaginé que nuestra hija fuera tan brillante. Así que déjala que se encargue de la empresa. Si Olga vuelve a llamar, no le contestes.
Frida asintió.
—Lo haré.
No quería volver a ver a Olga ni a nadie de su familia.
No removería el pasado ni le reclamaría sus engaños. Sería su forma de darle un final digno a esa amistad.
***
Al otro lado de la línea, Olga, al escuchar el tono de colgado, se derrumbó en el suelo. El pavimento ardiente casi la cocinaba viva.
Néstor también estaba en shock.
—¿Qué quisieron decir Simón y Frida? —murmuró, incrédulo—. ¿De verdad no les importa? ¿Van a dejar que esa mocosa hunda la empresa?
Olga estaba igual de confundida.
No entendía por qué Frida, que siempre había sido tan comprensiva, de repente se había vuelto tan fría. Ya no le creía nada. Antes no era así. Antes, Frida confiaba ciegamente en ella.
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