En un parpadeo, Almendra estaba frente a él. Levantó la pierna y lo mandó a volar por los aires.
Luego, se acercó tranquilamente, le puso un pie en el pecho y presionó con fuerza.
—¡Ah! ¡Señorita, me equivoqué! ¡Por favor, tenga piedad!
Si no lo estuviera viviendo en carne propia, jamás creería que un cuerpo tan pequeño pudiera albergar una fuerza tan aterradora.
¿Era humana?
—¿Quién los mandó? —preguntó Almendra.
Víctor la miró, aguantando el dolor, sin decir nada.
Sentía que el pie de Almendra le estaba partiendo las costillas, que no podía respirar.
Almendra bufó.
—Mi paciencia tiene un límite. Te lo pregunto una vez más. Si no contestas, o si me mientes, me aseguraré de que no vuelvas a sentirte hombre en tu vida.
Al ver la expresión impasible de Almendra, el corazón de Víctor casi se le sale del pecho.
Sabía que no estaba bromeando. Esta chica era de otro mundo. En cuestión de minutos, había derrotado a más de veinte hombres fornidos. ¡Su habilidad era monstruosa!
—¿Y bien? ¿No vas a hablar? —dijo Almendra, al ver que Víctor solo la miraba.
Víctor sintió que si no hablaba, su futuro como hombre estaba en juego. ¡Y todavía no tenía hijos!
—¡Hablo, hablo, señorita! ¡Fue… fue Néstor! ¡Él nos contrató para que la secuestráramos y se la lleváramos!
Almendra entrecerró los ojos.
Ja.
Lo sabía.
Hoy, como Néstor y su esposa no pudieron sacar a su hijo de la cárcel y su madre no los ayudó, en lugar de ir a la empresa, se dedicaron a planear cómo deshacerse de ella.
Cuando el vehículo se acercó más, Almendra puso los ojos en blanco.
***
Martín por fin había logrado alcanzarlos y, al ver la situación, sintió un escalofrío.
Había carros por todas partes, rodeando a uno en el centro.
El rostro de Fabián se endureció.
—¡Inútil! ¡Ni siquiera puedes seguirle el paso a una mujer!
Martín bajó la cabeza. Tenía que admitirlo: al lado del jefe y de la señorita Almendra, era un completo inútil.
Cuando el carro se detuvo, Fabián bajó de inmediato. Al ver a Almendra, de pie, con un hombre bajo su bota y un campo de matones derrotados a su alrededor, el corazón se le calmó de golpe.
—¿Y tú qué haces aquí? —dijo Almendra, fastidiada. ¿Acaso este hombre era su sombra?

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