Total, si Almendra vivía o moría, o con cuántos hombres se acostaba, a ellos qué les importaba.
Al recordatorio de Susana, Valeria cayó en cuenta de que aún no habían resuelto lo importante. Todo era culpa de esa Almendra; nomás verla le caía mal.
—Bueno, mamá, te dejamos el Muira Puama Real. Ojalá que tu pierna se recupere pronto —dijo Valeria, con una falsedad que se notaba a leguas.
Pero la anciana lo rechazó de tajo.
—Eso es demasiado valioso, no puedo aceptarlo. Llévenselo.
Susana, que sostenía la caja, se quedó tiesa.
Valeria también se molestó.
—Mamá, ¡nos costó diez millones y lo compramos especialmente para ti! Nosotros estamos sanos, ¿para qué lo querríamos?
—¿Diez millones? —Almendra se acercó a Susana y, con una sonrisa burlona, sacó una de las raíces de la caja para examinarla.
El corazón de Susana latía con fuerza. «No puede saber, ¿verdad?», pensó. «Mientras yo insista en que costó diez millones, ¿qué puede hacerme Almendra?».
—¡Almendra! ¡Suelta eso! ¡Si se daña o pierde sus propiedades medicinales, no vas a poder pagarlo! —le gritó Valeria.
—Esto vale, cuando mucho, mil pesos. Las dos juntas, dos mil —dijo Almendra con ligereza, con una mirada llena de sarcasmo.
Valeria chilló:
—¡Almendra! ¡Si no sabes de lo que hablas, no vengas aquí a hacerte la interesante! ¡Nos costó diez millones en una subasta!
—¿Ah, sí? ¿En qué mercado negro? —replicó Almendra.
Valeria titubeó y miró a Susana.
—En… en La Concordia, en el mercado negro número 7 —dijo Susana, sintiéndose culpable.
Almendra enarcó una ceja.
—Ah, ¿sí? Las cosas que se compran en el mercado 7 vienen con un sello en el empaque. ¿El tuyo lo tiene?
Al oír eso, Susana se puso visiblemente nerviosa y apretó la caja con más fuerza, un gesto que Almendra no pasó por alto.


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