Susana apretó las manos, sintiendo un nudo en el estómago. En realidad, esa raíz de Muira Puama la había comprado con Bruno en una herbolaria. Decían que era de la mejor calidad y les había costado cinco mil pesos, lo que para Susana ya era un dineral. Antes de volver con los Farías, vivía con mil pesos al mes.
De camino a la casa, Valeria, para conmover a la abuela y asegurarse de que los ayudara con Braulio, le dijo a Susana que mintiera y dijera que la habían comprado en una subasta del mercado negro por diez millones. Total, la viejita ya no veía bien y no se daría cuenta.
—Claro que sí, abuela. Con tal de que tu pierna se cure y puedas volver a caminar, cualquier cantidad vale la pena —dijo Susana, forzándose a seguir con la farsa.
—Un Muira Puama Real de diez millones… A ver, déjame verlo.
De repente, una voz clara y melodiosa llegó desde la entrada.
Al oír esa voz tan familiar, las caras de todos cambiaron. Pero Pilar, en su silla de ruedas, se iluminó de alegría y estiró el cuello para ver hacia la puerta.
«¡Almendra! ¡Mi niña, mi tesoro, ya regresó!».
En cuanto Susana escuchó la voz de Almendra, el corazón le dio un vuelco. Cada vez que se topaba con ella, algo malo pasaba. ¿Y si Almendra se daba cuenta de que ese Muira Puama no era el auténtico?
Valeria miró hacia la puerta con fastidio y vio a Almendra entrar, con la espalda recta y una actitud desafiante. Y detrás de ella venía un… ¿un qué? ¿Un hombre cualquiera cargado de regalos?
—Almendra, ven, acércate para que te vea la abuela —dijo Pilar desde su silla, con una sonrisa tierna y haciéndole señas con la mano.
Aunque Almendra solo se había ido tres días, para Pilar era como si llevara tres meses sin ver a su nieta adorada. Cuando se acercó, la anciana se dio cuenta de que venía acompañada.
—Almendra, ¿y este joven es…?
Fabián se asomó por detrás de la pila de regalos y miró a la anciana de cabello plateado y rostro amable.
—Señora Pilar, soy el chofer de la señorita Almendra. Solo vine a ayudarla a traer estos regalos.
Almendra se quedó callada.
—¡Valeria, cómo te atreves a hablarle así a Almendra! —la reprendió Pilar con severidad.
—Mamá, es que tú no sabes, ella…
—¡Ya basta! Ahora es parte de la familia Reyes. Lo que haga o deje de hacer ya no es asunto nuestro —la interrumpió Rodrigo, haciéndole una seña para que se callara.
Habían venido a quedar bien con la abuela para que los ayudara a encontrar a El Santo. Si se peleaban con ella por culpa de Almendra, todo se iría al traste.
Susana también intervino.
—Sí, mamá, mi papá tiene razón. Ahora lo importante es curar la pierna de la abuela y encontrar a El Santo para que opere a mi hermano.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada