—¿Todavía no empiezan? —dijo Almendra con frialdad.
Susana, con los ojos llorosos, dio un paso al frente y miró a Almendra con lástima.
—Hermana, yo compré el Muira Puama, a mí fue a la que engañaron. Mis papás no tienen la culpa, por favor, no te desquites con ellos.
—¿Y quién fue la que dijo que quien se echara para atrás era un animal? —silbó Almendra.
Valeria estaba a punto de explotar.
—¡Almendra! ¡Maldita malagradecida! ¡Te criamos por dieciocho años, y aunque no esperábamos nada a cambio, no puedo creer que nos insultes de esta manera!
—Usted misma lo dijo, señora Valeria.
Valeria apretó los dientes, con la mirada envenenada fija en Almendra.
—¡Almendra, ya me las pagarás! ¡El día que te vaya mal con los Reyes, más te vale que no vengas a rogarnos que te acojamos de nuevo!
—Ese día no va a llegar —respondió Almendra con voz suave, pero con una mirada llena de desprecio.
Valeria estaba que echaba humo.
—¡Bien, muy bien! ¡Tú lo dijiste!
Almendra asintió.
—Sí, yo lo dije. Entonces, ¿ya podemos empezar?
Susana, con los ojos enrojecidos, intervino.
—Hermana, esto empezó por mi culpa, no los culpes a ellos. Yo lo haré por mis papás.
Dicho esto, apretó la mandíbula y, levantando la mano, empezó a abofetearse la cara. ¡Plas, plas, plas! El sonido nítido y fuerte resonó en la habitación. Las mejillas de Susana se enrojecieron e hincharon a una velocidad alarmante.
A Valeria se le enrojecieron los ojos de la angustia. Si antes había considerado pedirle a Susana que le donara un riñón a Braulio, ahora ya no se sentía capaz de ser tan cruel. Al fin y al cabo, también era su hija.


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