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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 147

El señor Castillo apartó la mirada a regañadientes del tesoro de Almendra y la posó en la caja que sostenía Susana. Chasqueó la lengua.

—Bah, ese no es más que un Muira Puama común y corriente. ¿Cómo se va a comparar con esta joya centenaria que tienes en las manos?

—Y en su opinión, señor Castillo, ¿cuánto valdría esa raíz?

—Ay, Almendrita, uno de esa calidad en el mercado, si mucho, vale dos mil pesos. Y si me dejas regatear, te aseguro que le bajo el precio a la mitad, je, je, je.

¿La mitad? ¡Eso eran mil pesos!

Susana casi deja caer la caja del susto.

—Señor Castillo, eso… ¿eso cómo va a ser posible? ¿No se estará equivocando? —chilló Valeria.

Al oírla, el señor Castillo frunció el ceño.

—Mira, Valeria, llevo toda una vida ejerciendo la medicina. Y aunque ya estoy viejo, la vista no me falla. Esa raíz es un Muira Puama común. Así le preguntes a diez personas más, no se va a convertir en una de primera calidad. ¡Un asunto tan simple que seguro tu suegra ya se había dado cuenta!

Valeria miró a Pilar, estupefacta. La anciana resopló y desvió la mirada.

—Se los dije desde el principio: llévense sus cosas. Pero no, ustedes tercos, aferrados a quedar en ridículo.

Valeria entró en pánico.

—Mamá, yo… ¡nosotros no sabíamos! ¡Nos engañaron en la tienda, no es nuestra culpa!

Rodrigo, sintiendo que se le caía la cara de vergüenza, también suplicó a Pilar.

—Es verdad, mamá. Almendra creció contigo y es normal que sepa de estas cosas, pero Valeria, Susana y yo no tenemos ni idea. A nosotros también nos estafaron. ¡Te juro que pagamos mucho dinero por ese Muira Puama!

—Lo que hayan pagado no es mi problema. Pero esa raíz no vale más de dos mil pesos. Perdieron la apuesta —sentenció Almendra con frialdad, sin la menor intención de dejarlos ir.

—Tú… ¡Almendra! ¡Lo hiciste a propósito para humillarnos, verdad! —Valeria estaba tan furiosa que su rostro se contrajo.

—Ustedes solitos se buscaron la humillación, presumiendo un Muira Puama de dos mil pesos como si fuera de diez millones. ¿No les da vergüenza?

El señor Castillo, que seguía ahí, meneó la cabeza.

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