—¡Largo! —soltó una sola palabra, helada.
A Valeria, esa actitud fría y amenazante también la asustó, pero se obligó a responder.
—¡No seas malagradecido! Solo queríamos evitar que te engañara. ¿Y así nos tratas?
—Si vuelvo a oírlas inventando chismes sobre ella, aténganse a las consecuencias.
—¡Pues te lo mereces por…!
—Ya, mamá, vámonos —la interrumpió Susana, tirando de ella al ver que Fabián parecía realmente enojado.
Total, ya le habían dicho lo que querían. Con lo furioso que se veía, aunque no les creyera del todo, la duda le quedaría sembrada. Y con eso, su objetivo estaba cumplido.
En unos diez minutos, Almendra extrajo la esencia del Muira Puama Real, la mezcló con otras hierbas y la convirtió en pequeñas píldoras de color marrón oscuro que guardó en un frasco de porcelana.
—Abuela, una pastilla al día. Y con lo que sobró, hice este ungüento. Póntelo en las rodillas. En menos de quince días, deberías poder levantarte.
Pilar miró a Almendra con una mezcla de cariño y culpa.
—Almendra, esta raíz debió costar mucho dinero, ¿verdad?
Una vez vio cómo subastaban una sola pieza de Muira Puama Real por veinte millones. Así que esta, que eran dos, debió costar al menos cuarenta o cincuenta.
La realidad es que el presupuesto de Almendra eran cuarenta millones, pero esa noche apareció otro comprador interesado, y el precio final subió a sesenta. Para ella, la salud de su abuela era lo primero. Si por no gastar ese dinero dejaba pasar la oportunidad, su abuela habría quedado condenada a una silla de ruedas, y eso habría sido un sufrimiento inmenso.
—Mientras tú puedas volver a caminar, cualquier dinero vale la pena.

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