Al fin y al cabo, Braulio era su nieto. No podía soportar la idea de verlo morir en un quirófano.
Almendra no quería que su abuela se sintiera mal.
—Si Susana está dispuesta a donarle un riñón, yo puedo operar a Braulio —dijo con una pequeña sonrisa.
La anciana lo sabía. Su Almendra no era una persona cruel.
—¡Ay, Almendra, qué ciegos están!
Almendra se quedó un rato más platicando con su abuela y luego se fue de regreso a La Concordia. Después de todo, Fabián la estaba esperando afuera.
—Almendra, el camino de noche es peligroso. Ten mucho cuidado —le dijo Pilar, despidiéndose con tristeza.
—No te preocupes, abuela. En unos días vuelvo a verte.
Aunque La Concordia estaba a más de doscientos kilómetros, Almendra conducía rápido. Visitar a su abuela no era tan complicado.
—Estás muy ocupada, no tienes por qué estar viniendo a cada rato.
—No importa, siempre hay tiempo para verte.
Almendra le dio un abrazo a la anciana y se fue. Si por ella fuera, se llevaría a su abuela a vivir a La Concordia, pero como no quería, le había encargado a Camila, la cuidadora que contrató, que no le quitara los ojos de encima.
Cuando Fabián vio salir a Almendra, se bajó del carro y fue a abrirle la puerta del piloto.
Almendra enarcó una ceja.
—¿No que eras el chofer?
Fabián sonrió y le acarició la cabeza con ternura.
—Tranquila. Has tenido un día pesado.
Si no fuera porque no veía bien de noche, no dejaría que su niña se cansara tanto.
Almendra solo bromeaba, ¿y él se ponía tan formal?
—Perdón, no le dije a mi abuela que los regalos eran tuyos.



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