Simón, con el rostro serio, lo observó en silencio, sopesando la veracidad de sus palabras.
Kevin, viendo la situación, intervino.
—En realidad, no es tan difícil de averiguar. Bastaría con preguntarle a la señorita Betina, ¿no?
Simón asintió levemente y luego fulminó a Néstor con la mirada.
—Estoy seguro de que Betina tuvo sus razones para decir lo que dijo. Pero ustedes… ustedes nos engañaron a Frida y a mí, desfalcaron la empresa por una suma millonaria y contrataron matones para lastimar a mi hija. ¡Aténganse a las consecuencias legales!
***
Mientras tanto, Olga, que no había dejado de gritar, finalmente vio a Frida.
En ese instante, fue como si viera a su ángel de la guarda.
A fin de cuentas, durante todos esos años, ¿no había sido Frida precisamente eso para la familia Díaz? Un ángel guardián.
Sin importar el problema que tuvieran, Frida siempre encontraba la manera de ayudarlos.
—¡Frida! ¡Frida, por fin llegaste! ¡Sabía que no nos abandonarías! ¡Buaaa!
Nadie podía imaginar el pánico y la desesperación que sentía Olga en ese momento.
Temía perder la vida de lujos que tanto le había costado conseguir. Temía ser condenada y pasar el resto de sus días en la cárcel. Temía no volver a ver a su hijo. Temía… tantas cosas.
Pero la actitud de Frida era de una frialdad sin precedentes. La actuación de Olga no le causó el más mínimo efecto.
Almendra apareció por detrás de Frida. Olga, que se disponía a seguir con su llanto, se quedó petrificada.
¿Qué estaba viendo?
¿Por qué Almendra y Frida, juntas, se parecían tanto a… madre e hija?
Sus facciones eran idénticas, ambas de una belleza exquisita y radiante. La única diferencia era que el aura de Frida era más suave, mientras que la de Almendra tenía un filo de dureza y frialdad.
Una idea fugaz cruzó su mente, y sintió como si un rayo la hubiera partido.
Olga sintió que las piernas le flaqueaban, demasiado aturdida para responder.
¿Cómo podía ser?
¿Cómo podía Almendra ser la hija biológica de Frida y Simón?
—¡Que desviaran fondos, falsificaran cuentas y usaran materiales de mala calidad es una cosa! ¡Pero lo que nunca debieron hacer fue meterse con mi hija! ¡Quien se atreva a hacerle daño, se arrepentirá el resto de su vida!
La expresión de Frida era más fiera que nunca, su voz, un témpano de hielo y furia que aniquiló la última pizca de esperanza de Olga.
Se acabó. Todo se había acabado.
Una ola de pánico la engulló por completo.
—¡Frida, me equivoqué, de verdad me equivoqué! ¡No sabía que era tu hija biológica! ¡Si lo hubiera sabido, jamás me habría atrevido a hacerle nada, Frida! ¡Por favor, Frida, por la amistad de tantos años, perdónanos esta vez! ¡Nunca más volveré a intentar hacerle daño! Te lo ruego, Frida, me arrodillo, te pido perdón. ¡Te lo suplico, déjanos ir! Si me quedo aquí, no sobreviviré… ¡Buaaa!
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