Olga se arrodilló y comenzó a golpear la cabeza contra el suelo una y otra vez, hasta que la frente se le enrojeció y empezó a sangrar.
Al verla recurrir de nuevo a su teatro para ganarse su compasión, Frida soltó una risa gélida.
—¿De verdad crees que ese truco todavía funciona conmigo?
—Frida, yo… yo te pregunté qué relación tenías con Almendra, pero nunca me dijiste que era tu hija biológica. Si me lo hubieras dicho, no nos habríamos atrevido a tocarla.
—¿Ah, sí? ¿O sea que ahora la culpa es mía?
—¡No, no, no quise decir eso! Frida, ¡buaaa!, pensé que de verdad era tu ahijada. Tenía miedo de que corriera a mi hijo, de que descubriera nuestras estupideces en la empresa… por eso perdí la cabeza. Frida, lo siento, te fallé… ¡buaaa!
Antes, a Olga le bastaba con llorarle un poco a Frida para que esta, con su buen corazón, le concediera lo que quisiera.
Frida frunció el ceño.
—¿Qué ahijada? ¿Cuándo te dije yo que Alme era mi ahijada?
Olga se quedó helada.
Miró fijamente a Frida y a Almendra durante un largo rato hasta que, de pronto, comprendió. Ella y Néstor habían caído en la trampa de Betina.
Nadie fuera de la familia sabía que Betina no era la hija biológica de los Reyes, y cuando estuvieron en su casa, Betina no mencionó ni una palabra al respecto.
Era evidente que Betina los había engañado a propósito.
¿Por qué?
—¡Fue Betina! Frida, ¡fue Betina quien me dijo que Almendra era tu ahijada y que lo mantuviera en secreto! ¡Nos engañó y por eso, en nuestra desesperación, se nos ocurrió hacerle daño! Si yo hubiera sabido que Almendra era su hija biológica, ¡ni con mil vidas me habría atrevido a tocarla!
Pero ya era tarde.
Habían sido demasiado impulsivos, se habían tragado el cuento de Betina de que Almendra era solo una muchachita de pueblo a la que Frida y Simón habían apadrinado por haber salvado a Yago.
Frida no podía creer que Betina, la niña obediente y bien portada que había criado, fuera capaz de decir semejantes barbaridades.
—¡No, Frida, no te estoy mintiendo! —insistió Olga, tratando de probar su inocencia.
—¡Basta, Olga! ¡No importa si fue Betina o no quien te dijo que Alme era mi ahijada! ¡Eso no cambia que ustedes quisieron hacerle daño! ¡Ni tampoco cambia todo lo que hicieron en la empresa! ¡Confié tanto en ustedes, y resulta que desde el primer día ya estaban planeando cómo exprimir la compañía! ¿Por qué? ¿Acaso no les daba lo suficiente?
Frida estaba profundamente decepcionada y furiosa. Siempre había considerado a Olga su mejor amiga, pero para Olga, ella no era más que una herramienta para obtener beneficios, alguien a quien engañó sin piedad.
¿Y ahora, encima, quería lastimar a su hija?
Olga, al ver que ni sus lágrimas ni sus súplicas conmovían a Frida, quien parecía decidida a no perdonarlos, no pudo contener más la rabia que sentía. Se levantó de un salto y le gritó a la cara:
—¡¿Darnos qué?! ¡Lo que nos dabas eran tus sobras! ¡Solo sabías presumir delante de nosotros todo lo que tenías! ¡Presumir lo atento que era tu esposo, lo maravillosos que eran tus hijos, lo buena que era tu hija! ¡Presumir tu casa enorme, tu ropa, tu comida! ¡Todo lo que tenías era algo que yo, por más que me esforzara, jamás podría conseguir en toda mi vida! ¿Por qué?
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