Olga gritaba como una loca.
—¿Por qué tú naciste con todo y yo no? ¿Por qué tú pudiste ser la esposa del hombre más rico del país, mientras que yo ni siquiera pude ser la esposa de un simple director de empresa? ¿Por qué tu marido te sigue amando como el primer día después de tantos años de casados, mientras que a mí, a pesar de todo lo que di por él, no me valora? ¿Por qué tus hijos son todos unos genios aclamados por todos, y el mío es un vago sin futuro? Frida, ¡salimos de la misma escuela, crecimos juntas! ¿Por qué el destino te favoreció tanto a ti y a mí siempre me dio la espalda? ¿Por qué?
Mientras gritaba, Olga se abrazó la cabeza y rompió a llorar.
Nadie sabía la enorme presión que sentía al ser amiga de Frida.
La odiaba. Odiaba a la vida por ser tan injusta.
Y odiaba a Frida por tener mejor suerte que ella.
Frida, atónita ante el arrebato de Olga, no podía creerlo.
Jamás se habría imaginado que, durante todo este tiempo, Olga la había visto de esa manera.
Sintió una náusea subir desde el fondo de su estómago. Todo se volvió negro y estuvo a punto de desmayarse.
Por suerte, Almendra reaccionó rápido y la sostuvo.
—Mamá.
A Frida le costaba respirar. Se odiaba a sí misma. ¡Cómo pudo haber sido amiga de una víbora como Olga!
La mirada de Almendra se endureció al ver a Olga en el suelo, riendo y llorando como una desquiciada.
—Es cierto que algunas personas nacen en la abundancia y otras no tienen esa ventaja. Pero dicen que cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Hay que saber ver más allá de las injusticias para encontrar el verdadero sentido de la vida y hacer cosas que valgan la pena. A veces, el esfuerzo no se ve recompensado de inmediato, pero eso no significa que haya sido en vano. Con el tiempo, la vida te compensa de otras formas. El problema es que hay gente que no entiende eso. En lugar de enfocarse en crecer y descubrir su propio camino, se obsesionan con un supuesto equilibrio que solo les trae más frustración, quejas y resentimiento. La verdadera estupidez es ser como tú: alguien que no sabe vivir y solo se la pasa culpando a los demás.
La voz de Almendra era clara, potente y resonaba con autoridad. Tras decir eso, ayudó a Frida a salir de la sala de interrogatorios.
A sus espaldas, los gritos desesperados de Olga seguían resonando:
—¡No, yo no estoy equivocada! ¡Es el destino el que es injusto!



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