Al ver a Almendra entrar en la sala de juntas, todos los empleados del departamento de diseño se apresuraron a coger sus cuadernos y bolígrafos y seguirla.
No tenían opción. El aura de Almendra era tan imponente que no parecía la de una chica de dieciocho años.
Además, en los últimos días había despedido a tantos altos cargos con una eficacia implacable que nadie se atrevía a desobedecerla.
Desde que había llegado, no había convocado ni una sola reunión general. Que hoy viniera a reunirse específicamente con ellos, si no asistían, era buscarse el despido.
Noelia, pálida de miedo, vio cómo todos se dirigían a la sala de juntas y le susurró a Dolores:
—Dolores, ¿vamos?
Dolores quería ver qué se traía Almendra entre manos. Ya estaba preparada para lo peor. A lo sumo, perdería su puesto y se iría de Textil Velox. ¡Qué más daba!
—Si no vas, te despiden —dijo, y sin tomar ni lápiz ni papel, se dirigió a la sala.
Noelia, al verla, tampoco cogió nada y la siguió de cerca, temerosa.
Almendra observó a los que habían entrado. Algunos la miraban con resentimiento, otros fingían calma, y otros, asustados, se sentaban en un rincón como si esperaran una tortura.
—Señorita Almendra, disculpe, llegué tarde.
De repente, una voz jadeante rompió el silencio. Todos se giraron y vieron a Cintia, la becaria a la que solían mandar a hacer de todo.
Algunos pusieron los ojos en blanco, molestos. Era una simple becaria, y encima la habían trasladado a recepción. ¿Qué hacía allí metiéndose donde no la llamaban?
Cintia había recibido el aviso de que Almendra iba a dar una capacitación en la sala de juntas de diseño. Rápidamente, organizó su trabajo en recepción, le pidió a un guardia de seguridad que le echara un ojo y corrió con su cuaderno y bolígrafo como si fuera una carrera de cien metros.

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