Catalina, sintiéndose la defensora de la justicia, la miró con la altanería de una princesa.
—Acabas de llamarnos parásitos. ¿No crees que deberías disculparte?
Almendra enarcó una ceja.
—Dije que Textil Velox S.A. no mantiene parásitos. ¿Acaso a ustedes les quedó el saco?
—¡Tú! —exclamó Catalina, furiosa.
Verónica no pudo más y gritó:
—¡Mocosa insolente! ¿Nos estás llamando parásitos indirectamente? ¿Crees que somos tontas?
—¿Acaso lo son? —respondió Almendra con voz calmada.
—¡Maldita zorra! ¿Sabes quiénes somos? ¡Si te metes con nosotras, te va a ir muy mal! —la amenazó Beatriz, la de pelo corto, igual de furiosa.
Aída, otra chica de pelo largo, la miró con rabia.
—¿Para qué discutir con ella? ¡Vamos a darle un par de bofetadas y que nos pida perdón de rodillas!
Beatriz miró a Almendra con odio.
—¿Oíste? Si te arrodillas y te disculpas, te dejamos en paz por hoy. Si no, ¡llamo a unos amigos para que te partan la cara!
Almendra las miró con desdén y sonrió.
—Pensé que eran más valientes. ¿Resulta que necesitan ayuda? Qué patéticas.
—¡Maldita sea! ¡Te dimos la mano y ya te quieres tomar el pie! ¡Ahora vas a ver! —Beatriz, que era la más ruda de su escuela, no soportó la provocación. Levantó la mano para abofetear a Almendra en su rostro perfecto.
Justo cuando su palma estaba a punto de impactar, antes de que pudiera saborear el placer de la bofetada, sintió un golpe seco. Almendra la había mandado a volar de una sola patada.
Como las otras estaban muy juntas, el cuerpo de Beatriz chocó contra Catalina y Aída, y las tres cayeron al suelo en un enredo de gritos y quejas.
Almendra miró a las tres en el suelo, retorciéndose y sin poder levantarse, y negó con la cabeza.



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