Mauricio pataleó, desesperado, y se dirigió directamente a Almendra: —Alme, ¿me pasas tu contacto? ¿A ver cuándo nos echamos unas carreritas?
Solo él sabía que los chicos de su equipo no paraban de insistirle que llevara a Almendra para que los entrenara.
—Dile cuñada —le advirtió Fabián con el ceño fruncido.
Mauricio chasqueó la lengua y cedió. —Bueno, cuñada, dame tu contacto, porfis, te lo ruego.
¡Todos se quedaron de a seis otra vez!
¡No manches! ¿El diablillo de la casa le estaba rogando a la señorita Almendra que le diera su contacto?
¿En qué clase de mundo vivían?
Era bien sabido que Mauricio era muy orgulloso y, por lo general, no le hacía caso a nadie, siempre haciendo lo que se le daba la gana.
Almendra soltó una risita y le mostró su código QR.
Fabián, con una mueca de celos, desvió la mirada. ¡Qué coraje!
«¿Por qué le da su WhatsApp a este mocoso?», pensó.
Mauricio por fin tenía el número de Almendra y se reía a carcajadas de felicidad. —¿Cuándo tienes tiempo? Mis compañeros de equipo se mueren por conocerte. ¿Nos harías el honor?
Almendra se había convertido en el ídolo de Mauricio y su equipo. No, ¡en su diosa!
Antes de que Almendra pudiera responder, Fabián intervino con voz gélida: —Tu cuñada está muy ocupada todos los días, ni siquiera tiene tiempo para descansar. ¡Deja de darle lata!
Mauricio hizo un puchero, pero la presión de su hermano mayor lo obligó a callarse. Total, ya tenía su WhatsApp. Podría invitarla otro día. No creía que su hermano pudiera controlarlo todo el tiempo. ¡Ja!
Almendra lo pensó un momento y dijo: —Estos días sí he estado algo ocupada, lo vemos en un par de días.
Mauricio asintió emocionado. —¡Sin problema!
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