—Thiago, ¿cómo va todo? ¿Ya confesó esa muchacha?
Erika odiaba lo blanco y reluciente de los hospitales, y tampoco le gustaba el olor a desinfectante.
Su hija Beatriz, acostada en la cama del hospital, sentía que le dolía todo el cuerpo y no dejaba de quejarse de que quería irse a casa, que ya no quería seguir fingiendo estar enferma.
Como la supuesta lesión era en la cintura, ni siquiera podía levantarse de la cama para no darle a la gente de qué hablar.
¡Pero si no la sacaban de ese maldito lugar, de verdad se iba a enfermar!
Por eso Erika volvió a llamar a su hermano. En cuanto Almendra confesara, ya no tendrían que seguir con la farsa en el hospital.
Thiago miró la hora. Habían pasado unos treinta o cuarenta minutos desde que Ignacio le había informado de la situación. Conociendo los métodos de Ignacio, lidiar con una chamaca era pan comido; seguro que ya estaba todo resuelto.
—Hermana, Ignacio todavía no me llama, pero seguro ya casi está. Ahorita le marco para preguntarle.
Erika asintió. —Pues márcale, que Beatriz ya no aguanta estar en el hospital y se quiere ir a casa.
—Claro, ahorita mismo checo cómo van las cosas.
Tras colgar, Thiago le marcó a Ignacio. El primer intento, nadie contestó. El segundo, tampoco.
Soltó un siseo extrañado, pensando que probablemente estaba en medio del interrogatorio y no podía contestar.
Justo cuando pensaba volver a marcar más tarde, Ignacio le devolvió la llamada.
Thiago sonrió para sus adentros, pensando que el asunto ya debía estar solucionado.
—Ignacio, ¿cómo va todo? —preguntó en cuanto contestó.



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