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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 263

Gilberto pensó que, en efecto, tenía muchas cosas que hacer, así que asintió.

—No hay de qué, salvar vidas es el deber de un médico. Nos vemos.

—Sí.

Salieron juntos del quirófano y de inmediato un grupo de personas los rodeó. Gilberto se apartó discretamente y sacó su celular para devolverle la llamada a su madre.

Un segundo después de marcar, la llamada fue contestada. La voz ansiosa de Frida se escuchó al otro lado.

—¡Tú, chamaco! ¿Qué pasó? ¿Por qué no contestabas el teléfono? ¿Querías matarme de la angustia?

Gilberto la tranquilizó de inmediato.

—Ya contesté, ¿no? No te preocupes, surgió algo de imprevisto, pero ya lo resolví. Voy para allá.

—¡Pero ni siquiera avisaste! Dijiste que aterrizabas a las tres y media, ¡y ya son las siete!

—Está bien, está bien. Acabo de salir del quirófano, ya voy para allá. Hablamos cuando llegue.

Cuando Gilberto estaba a punto de colgar, Frida lo detuvo.

—Espera.

—¿Qué más se le ofrece a mi reina?

Frida no pudo evitar reírse con su comentario y le recordó:

—Cuando venías para acá, te dije que le trajeras un regalo a tu hermana, ¿lo hiciste?

Gilberto enarcó una ceja.

—¿Y si te digo que no?

—¡Si no lo hiciste, entonces ni te molestes en volver! —resopló Frida.

Gilberto soltó una carcajada.

—Lo traje, lo traje. Ya voy para allá.

—Bien, primero ven al hospital a ver a tu abuelo, y luego nos vamos juntos a casa para que conozcas a tu hermana.

—De acuerdo.

Tras colgar, Gilberto aceleró el paso.

—¡Gracias, joven doctora milagrosa! ¡Gracias por salvar a mi hija!

La señora Corral ya estaba al tanto de la situación de su hija y sabía cuán crítica había sido. Al escuchar que la operación había sido un éxito, la emoción la desbordó.

—No hay de qué. No fui la única que operó, todos contribuyeron. Necesita estar en cuidados intensivos por dos horas. Si todo va bien, podrá ser trasladada a una habitación normal para que descanse.

—Bien, bien, ¡muchísimas gracias!

Fabián había estado esperando no muy lejos. Al ver a su chica rodeada de gente que le agradecía, sintió una oleada de orgullo.

Esa era su prometida, la mujer con la que compartiría el resto de su vida.

Era tan excepcional que incluso él se sentía un poco abrumado por su grandeza.

Después de dar las indicaciones a la familia y despedirse de Leonardo, Almendra caminó hacia donde estaba Fabián. Lo había visto desde que salió.

Sin embargo, antes de llegar a él, recibió una llamada de Frida.

—Mamá.

—Alme, ¿ya casi sales del trabajo? Hoy regresó Gilberto. ¿Podrías venir a cenar a casa esta noche?

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