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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 274

La pregunta de Gilberto fue como un momento de «trágame tierra» para Betina; la vergüenza era tal que podría haber cavado un hoyo en el suelo y no salir más.

Simón y Frida también se quedaron perplejos. Era cierto, desde que Almendra había regresado, parecía que Betina no le había dado ningún regalo a su hermana.

—Yo… es que, en cuanto llegó mi hermana, el abuelo se enfermó. Estaba tan preocupada por su salud que no tuve tiempo de comprarle un regalo. En cuanto el abuelo mejore, iré a escogerle algo.

La forma en que Betina lo dijo sonaba como si la enfermedad de Yago tuviera algo que ver con Almendra.

Gilberto también captó la indirecta y no pudo evitar decir:

—Betina, oí que esta vez el abuelo fue hospitalizado por tomar esa bebida caliente de maca que le preparaste.

Betina sintió que Gilberto de verdad le estaba echando sal a la herida. Inmediatamente, puso una expresión de agravio.

—Gilberto, ya sé que me equivoqué. Nunca más me atreveré a darle suplementos al abuelo.

Gilberto asintió.

—Sí. Tú no sabes de medicina, y el abuelo ya es mayor y su salud no es buena. No se le puede dar cualquier cosa.

—Ya entendí —dijo Betina, tan dolida que casi se le salían las lágrimas.

Al verla así, Gilberto no tuvo el corazón para seguir regañándola.

—Bueno, lo importante es que lo entiendas. Y no te apures tanto con lo del regalo para Almendra, solo lo pregunté por preguntar. De todos modos, los demás todavía no regresan, así que de cualquier forma te les puedes adelantar.

Betina forzó una sonrisa.

—Lo sé.

Apretó los puños con fuerza. ¡Por dentro, estaba que explotaba de rabia!

¿No solo Gilberto regresaba sin traerle un regalo, sino que además esperaba que ella le diera uno a Almendra?

¿No se suponía que Almendra era su hermana mayor? ¿Por qué ella, al volver a casa, no había pensado en darle un regalo a su hermana menor?

¡Era el colmo!

¡Sus papás la consentían, y ahora Gilberto también!

***

El grupo entró a la casa y se dirigió directamente al comedor. Mientras tanto, en la casa de la familia Ortega, Esteban, que estaba cenando, casi tira el tazón de la emoción.

«¡Madre mía! ¿Qué estoy viendo?», pensó.

Miró su celular una y otra vez, y de repente soltó una carcajada.

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