Era Cristian en su juventud.
El joven de la derecha, muy parecido al de la izquierda, mantenía la barbilla ligeramente levantada, proyectando una actitud distante y fría. Sus ojos eran gélidos, sin rastro de emoción, pero en el fondo se adivinaba una fuerza decidida.
Era Alexandro en su juventud.
La niña de ocho años que estaba entre ellos tenía el rostro delicado y tenso, sin la inocencia típica de los niños. Sus labios formaban una línea recta, y su mirada, fría y resuelta, se fijaba directamente al frente.
Los tres, de pie en el podio de premiación, tenían expresiones tan serias que destacaban bajo los flashes de las cámaras, pero, extrañamente, transmitían una profunda determinación por el éxito y una audacia ante el futuro.
Gilberto miró la foto, algo descolorida por el tiempo, con los ojos como platos.
¿Esa… esa era Alme con el hermano mayor y el segundo hermano?
¿Cómo era posible?
Cristian: [Yo también me di cuenta hoy, al ver los certificados y medallas que publicó mi hermana. Resulta que nos conocimos hace diez años.]
Y además, en el mismo podio de premiación.
Lástima que en ese momento no reconocieron que esa pequeña genio era su hermana de sangre.
En aquel entonces, incluso se sintió avergonzado por compartir el premio con una niña, pensando que ni siquiera era tan bueno como una chiquilla de ocho años.
Quién iba a decir que era su adorada hermana.
Alexandro: [Si hace diez años no nos hubiéramos sentido tan avergonzados y le hubiéramos pedido su contacto a nuestra hermana, ¿no la habríamos encontrado antes?]
En ese momento, tanto él como su hermano mayor solo sentían que su inteligencia había sido aplastada por una niña de ocho años. Jamás se les ocurrió que esa niña era su hermana.
Marcelo: [¡No manches! ¡Qué cosas del destino! Todo es culpa de ustedes dos. Si la hubieran reconocido en ese entonces, mi hermana habría vuelto a casa hace mucho tiempo.]
Cristian, Alexandro: [Fue nuestra culpa.]
Ahora la policía, su papá y Fabián estaban investigando el asunto. Y Almendra había dicho que, aunque el hombre estuviera muerto, podrían encontrar pistas. Le aterraba que descubrieran algo.
[¡Pero ahora todos están buscando al verdadero culpable! ¿Y si nos descubren?]
Liliana leyó el mensaje con indiferencia: [Señorita Betina, mientras usted no cometa ningún error, la investigación no llegará a usted. Confíe en mí.]
Betina temía que, si se quedaba demasiado tiempo en el baño, levantaría sospechas, así que solo pudo responder con un «está bien».
Liliana miró la pantalla del celular y apretó los puños con rabia.
—¡Almendra! ¡No dejas de arruinar mis planes! ¡Te haré desear no haber nacido!
El guardaespaldas de traje negro que conducía al frente escuchó sus palabras y la amonestó de inmediato:
—Señora, el presidente dio órdenes. Todavía no es momento de revelar su identidad.

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