Liliana se quedó atónita. Al principio, pensó que había oído mal.
—Señorita Betina, ¿qué… qué dijo? El señor Yago…
Betina se sintió aún peor, y las lágrimas de frustración comenzaron a rodar por sus mejillas.
—Oíste bien. El abuelo ya se reconcilió con Almendra. Reconoció su identidad. Ahora, al igual que mis padres y Gilberto, ¡todos piensan que Almendra es la mejor!
Después de decir esto, Betina se desplomó en el pequeño sofá, completamente abatida. Las lágrimas caían de sus ojos como perlas de un collar roto, sin poder detenerse.
—Mi presentimiento era correcto. Almendra volvió para quitarme todo lo que me pertenece. Y tan rápido, ya se ha robado el cariño de todos. ¿Qué voy a ser yo en esta casa de ahora en adelante?
En ese momento, Betina se sentía realmente perdida y desamparada.
Tenía tantas quejas y tantas cosas que decir, pero no tenía a quién contárselas.
¿Cómo es que Liliana no se había dado cuenta de que el abuelo cambiaría de bando tan rápido?
¡Esa pequeña arpía de Almendra sí que sabía jugar sus cartas!
Al parecer, la había subestimado desde el principio.
—Señorita Betina, usted es la mejor. Almendra no es más que una niña salvaje que creció en el campo.
»¿Y qué si es la hija biológica?
»Usted es la señorita que ha crecido en esta casa desde pequeña.
»El abuelo solo reconoció su identidad porque Almendra sabe un poco de medicina y lo salvó. Tiene que creerme, en el corazón del abuelo, ¡usted siempre será su favorita! —Liliana le dio unas palmaditas en la espalda a Betina, su voz firme y tranquilizadora.
Betina se quedó helada. ¿Sería así?
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