Liliana antes pensaba que, en cuanto Fabián se diera cuenta de que Almendra era una simple pueblerina, dejaría de gustarle.
Pero Almendra no era una pueblerina cualquiera; era una pueblerina con habilidades y recursos.
¿Cuánto tiempo había pasado desde su regreso? Y ya se había ganado a todos.
Si la señorita Betina competía con ella por Fabián, sus posibilidades de ganar eran muy escasas. Sería mejor dar un paso atrás y buscar otra opción.
Las palabras de Liliana volvieron a destrozar los sueños de Betina, quien se derrumbó en el sofá, llorando desconsoladamente.
Se sentía como una niña abandonada por todos, una princesa desterrada de su trono.
A Liliana le dolió ver a Betina llorar con tanto desconsuelo.
Pero algunas cosas, una vez que suceden, no se pueden cambiar.
—Señorita Betina, si no le gusta ninguno de los otros jóvenes ricos y solo quiere ser la señora de la familia Ortega, puede elegir entre Lorenzo y Mauricio.
Betina, que estaba llorando, se detuvo de golpe. Levantó su rostro bañado en lágrimas y miró a Liliana.
—¿Quieres que elija entre los que Almendra dejó?
Liliana la corrigió:
—¿Cómo van a ser los que Almendra dejó? Fue el señor Fabián quien eligió a Almendra, por eso el señor Lorenzo y el señor Mauricio no tuvieron oportunidad. Antes de que el señor Fabián y Almendra se conocieran, ¿no se llevaban muy bien el señor Mauricio y Almendra?
Aunque la verdad era dolorosa, Liliana tenía que admitir que Almendra era muy cotizada.
Betina frunció el ceño.
—Pero… pero no me gusta Mauricio. Es solo un estudiante universitario, no ha logrado nada. Se la pasa jugando como un niño con sus motos y sus carros de carreras. ¡Es un vago!
Betina despreciaba a Mauricio más que a nadie.
Ella prefería a alguien como Fabián: alto, guapo, brillante y poderoso. Lo más importante era que tenía poder e influencia. Incluso sin la familia Ortega, era un líder por derecho propio.

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