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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 345

Ahora no solo Frida, sino también Simón, se pusieron contentos.

—¡Qué bueno, qué bueno! Tú y Fabián deben conocerse mejor. Pero ten cuidado al correr.

—Claro. Esta noche no me esperen, es posible que no vuelva a casa.

Desde que Almendra había regresado a la casa de los Reyes, siempre que Frida y Simón estaban en casa, la esperaban despiertos sin importar qué tan tarde llegara.

Al escuchar sus palabras, ambos se quedaron helados.

¿Qué… qué significaba eso?

Frida carraspeó y preguntó con voz suave, a modo de tanteo: —Alme, ¿estás segura de tu decisión?

Lo que en realidad quería decir era: «¿Estás segura de que quieres estar con Fabián?».

No eran padres anticuados, pero aun así, sentían que era un poco pronto.

Si Fabián podía esperar, sería mejor que vivieran juntos después de casarse.

Simón pensaba lo mismo y dijo con tono serio: —Alme, no nos oponemos a que estés con Fabián, pero la velocidad a la que van las cosas…

Solo entonces Almendra comprendió que se había expresado mal y que sus padres la habían malinterpretado.

—Papá, mamá, lo entendieron mal. No voy a volver esta noche, pero no es para estar con Fabián. Tengo que investigar una medicina y necesito encontrar una hierba medicinal. Regresaré en cuanto la encuentre.

Simón y Frida se sintieron aliviados al instante. Resulta que era eso. ¿En qué estaban pensando?

—Alme, ¿qué hierba medicinal necesitas? ¿Quieres que papá te ayude a buscarla? —dijo Simón, sin soportar ver a su querida hija esforzarse tanto.

—Gracias, papá, no es necesario.

—Oh, de acuerdo. Alme, si necesitas algo de tu madre o de mí, no dudes en decírnoslo, ¿entendido?

—Sí.

***

Grupo Ortega.

Lástima que no se le podía ver la cara.

Almendra estaba de cara al edificio del Grupo Ortega, jugando con su celular, cuando dos guardias de seguridad se acercaron y le dijeron con cara de pocos amigos: —Señorita, aquí no se puede estacionar.

Almendra levantó la vista y observó a los dos guardias altos, de unos treinta y tantos años. Su instinto le decía que eran exmilitares.

—Estoy esperando a alguien, me voy en seguida —respondió con indiferencia.

Por suerte, los guardias mantenían una actitud profesional. Al escucharla, preguntaron de nuevo: —¿A quién espera? ¿Trabaja en el Grupo Ortega?

—Sí —asintió ella.

—¿De qué departamento? ¿Cómo se llama?

Almendra levantó la mano y señaló detrás de ellos. —A él.

Los dos se detuvieron y se giraron en la dirección que ella indicaba. Al instante, la sangre se les heló en las venas. ¡No podían creer lo que veían!

—¿El… el presidente?

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