Cicatriz negó con la cabeza y las manos repetidamente.
—No, no, no. Solo vinimos a pedir una medicina, no a causar problemas. Por favor, suelte a Sebastián.
Un hombre calvo que acompañaba a Cicatriz no entendía el repentino cambio de actitud de su compañero y le susurró:
—Cicatriz, ese tipo debe ser el dueño de la montaña. La chava que está a su lado está bien buena. ¿Y si la secuestramos para que sea la esposa del jefe? Seguro que se pondría muy contento.
Cicatriz le lanzó una mirada fulminante.
—¡Cállate si no quieres morir!
¡Atreverse a secuestrar a la mujer de un demonio como Fabián era buscar la muerte!
El subordinado se calló de inmediato, pero seguía confundido. Esos forasteros se creían la gran cosa solo por tener algo de dinero, ¿y se atrevían a faltarle el respeto a Los Serpientes? ¿No eran ellos los que estaban buscando la muerte?
—Esto no es una obra de caridad. Te equivocaste de lugar si vienes a pedir medicinas.
Fabián no iba a mostrarles ninguna amabilidad a esa gente.
Cicatriz, con expresión afligida, apretó los dientes.
—¡Nosotros… podemos comprarla!
—No pueden pagarla —dijo Fabián, su voz desprovista de emoción.
Frente a Fabián, Cicatriz era como una serpiente venenosa a la que le hubieran arrancado los colmillos.
—Señor, la madre de nuestro jefe contrajo accidentalmente el virus P-K55 y su vida pende de un hilo. Ya fuimos a hospitales y consultamos a médicos famosos. Nos dijeron que la Liana Sangre de Oro de Cerro La Corona de Plumas tiene un efecto milagroso y puede salvar la vida de nuestra señora. ¡Ponga un precio, lo que sea, y se la compramos!
Originalmente, Cicatriz había venido con la intención de robarla, pero ahora veía que eso era imposible.
Al oír eso, Almendra gritó inmediatamente a Claudio:
—¡Suéltalos! ¡Todos para atrás!
Claudio también se dio cuenta de que algo andaba mal, soltó a Sebastián de inmediato y ordenó a todos que retrocedieran.

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